Es la primera característica del amor.
Al igual que la pequeña boa contrita (la rata) se convierte en la gran rata constrictor (la boa) que su forma petrificada imitaba (ha sido devorada), de la misma forma que la pieza suelta del rompecabezas pierde su forma desconcertante en el momento en que encuentra la escotadura, el país, la casa, las fauces, la dentadura, al frontera escarpada que la espera, al igual que el galo se convierte en romano, que el franco se hace galorromano o que, en China, el ghyana se transforma en ch'an y que en Japon el ch'am se convierte en zen, etc., todo ser fascinado padece su semejanza.
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El fascinado es un ojo que hace al que ve convertirse en lo visto a fuerza de mirar el ojo que, frente a él, lo mira fijamente: el fascinado es un momento extático ante la forma autoritaria (ante la preforma filogenética) que lo domina.
En la gran despensa del universo, la vida derrocha, prueba formas vivas que se devoran simétricamente.
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Las dos escenas. Hay dos escenas invisibles para cualquier mujer o cualquier hombre: la primitiva y la última.
Son las dos escenas sin presencia. (Son las dos escenas de lo que es irrepresentable para cada individuo
presente, es decir, con vida.)
La escena que quien esta presente nunca ha visto es la escena primitiva (la concepción de nuestro cuerpo, las
condiciones del deseo que la presidió, la posición elegida, la identidad del hombre que cubre el cuerpo de la
madre, etc.)
La escena que quien esta presente nunca verá es la del enfrentamiento con la muerte, la escena última (las
circunstancias de la parada del pulso cardíaco que se inició en el feto, y las de la asfixia del ritmo pulmonar
que invadió con un alarido al recién nacido, mezclándolo al lenguaje).
Si lo decimos en latín, estas imágenes son las Espantosas.
Si lo traducimos a palabras griegas, estas escenas son las Fóbicas.
Sin embargo, atormentan como tales tanto la visión voluntaria como el espectáculo involuntario de los sueños. La memoria del pasado, la imaginación del futuro se confunden en su revulsiva carencia.
Tocar estas dos escenas que son los extremos de nuestra singularidad es tan desagradable y tan íntimo como
tocar la desnudez viscosa de nuestros ojos sin que el párpado se cierre.
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La regresión imposible y la fascinación son inherentes.
Salvo en un caso: en el sueño. Cuando sueña, el durmiente sufre regresiones (imagines colocadas en el pequeño armario del atrio, es decir, bustos de antepasados muertos surgiendo al fondo de los ojos cerrados) al mismo tiempo que su visión mental erige el fascinus.
En el sueño, la representación humana lingüística, codificada e ilustrada vuelve a su material de imágenes: el sueño (no la vista) es la fascinación óptica en estado puro.
Entonces el ojo regresa hacia su imagen, donde el cuerpo cae, mientras que a causa de esta caída se yergue el deseo mamífero. En el transcurso del sueño, volviendo a recorrer el circuito del pasado (el recorrido por el que el ser vivo ha pasado), el hombre vuelve a ser carroñero ante su carroña (la forma descompuesta). Es el secreto de la escena pintada en el fondo del pozo de Lascaux y que unos niños descubrieron a comienzos de la Segunda Guerra Mundial encima de Montignac.
El ratón ante el gato, el pájaro ante el milano están en estado de sueño (en la no-motilidad propia del sueño; esta no-motilidad es la huida impedida, es lo irregrediente).
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La alerta acalla el lenguaje y suspende el movimiento.
Sin duda es el origen vital del tabú del lenguaje en el amor.
De pronto, los cazadores dejan de hablar y preparan la muerte activa que va a saltar en su interior.
Más allá de la sexualidad, el silencio de los depredadores (el silencio del buitre) anticipa el origen del tabú del lenguaje colectivo en la relación radicalmente asocial que define el verdadero amor.
El verdadero amor es la relación no preparada, no negociada. Es la irresistible comunicación entre dos individuos que hace caso omiso de todos los consejos familiares y de todas las mediaciones sociales, cuando no las contraviene de manera provocadora. (Como la crecida del río, en el interior del desbordamiento, cuando la orilla todavía tiene un sentido, todavía ofrece una apariencia a la mirada, es decir, tiende a la mano una última discontinuidad.)
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Sea cual sea la forma en que consideremos lo que los antiguos romanos llamaron fascinación, es inútil
buscar las palabras, bárbaras o no, para domesticar la imagen, para velarla, para amansar lo visible en
silenciosa alerta antes de la depredación.
El argumento que debo presentar es simple: la imagen es muchísimo mas antigua que las palabras. La
depredación es muchísimo mas antigua que la especie humana. Ni siquiera las imágenes de los sueños son
características de los hombres. Los pájaros sueñan.
Otros mamíferos sueñan.
Los hombres sueñan noventa minutos al día y los tigres, como los gatos, doscientos.
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Fascinus repentino: nos damos de bruces con la puesta en escena que hace de nosotros su elemento. "De
bruces" expresa bien el carácter frontal y coalescente de la fascinación de las verdaderas imágenes. Toda
juntura fascinante hace que nos encaremos con ella. Ojo contra ojo, nariz contra nariz, diente contra diente,
boca contra boca, sexo contra sexo, poco importan los atributos del cuerpo (cuerno contra cuerno) que se
polarizan o que se aparejan: el abismo donde caemos es la situación frontal.
Es el toro –o el bisonte– que se da la vuelta ante el trapo rojo –o el lancero– y lo encara.
(No se puede estar fascinado lateralmente: de ahí proviene la larga evolución de la obsesión supersticiosa propia de la pintura al fresco de los grecorromanos, que desembocó en el ícono.)
Hay que aceptar esta serie de equivalencias: la imagen que nos devora: la posición del misionero: la
depredación fauces contra fauces.
La fascinación animal siempre es un primer plano que se convierte de un salto en la forma entera, de pie.
O en un niño.
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Con lo que llamaba cristalización, Stendhal daba a entender un proceso que también inmovilizaba el cuerpo
y llenaba el alma de estupor. La fascinación animal es una confianza absoluta, hasta la muerte. Stendhal
resumía la belleza del cuerpo cristalizado en esta pregunta ciertamente extraña: ¿como llegamos a dotar al ser amado de atractivos que no tiene?
La fascinación revela un mecanismo mas amplio y mas implacable. Pero el análisis sigue siendo el mismo
que revelo Stendhal: el amor es como una fiebre del pasado. Esta fascinación se deriva de la precedente. En el
amor, lo que acecha es todo el pasado. No es posible tener fiebre voluntariamente. La trama de la situación
actual y el rostro de la escena antigua entran de pronto en contacto, provocan un cortocircuito en el alma,
abrazan el cuerpo.
La intimidad ya esta totalmente presente en el flechazo.
Sin que sea posible, en sentido estricto, que la fascinación en el amor cause una disyunción.
El disyuntor esta del lado de lo social o de lo verbal.
Los cuerpos animales, atómicos, no tienen esa posibilidad de sustraer su circuito imaginario a la
fulguración.
El flechazo en la naturaleza mata a los asaetados y los desviste.
Lo mismo ocurre a los amantes.
Es paradójico. Los placeres sólo dependen de los sentidos mediante recuerdos de los que la memoria no
dispone. Toda profundidad ha sido preparada de antemano. Todo ser humano espera al animal que le
acecha en la selva que él mismo ha sido.
*
El pasado ataca. El tiempo pasado muerde el presente como si fuera su presa. Cuando el pasado ataca, los
Modernos lo llaman angustia, pero la angustia sólo describe la tonalidad de la escena y no evoca en absoluto
la acción que se desarrolla en ella.
En este caso, podríamos llamar al flechazo angor, angustia, y no seria erróneo.
La fulguración (el flechazo), la angustia, la fascinación, el sueño son originalmente lo mismo (ni imagen ni
signo todavía).
En latín, fulgura no solo designa los relámpagos y el rayo que se derrama en ellos y cae del cielo; también
designa los objetos sagrados, los objetos fanáticos, los objetos intocables.
En Roma, cualquier objeto fulminado por el rayo era algo aparte, sagrado, secreto, oculto, venerado,
inhumado, como un antepasado.
Como un amante.
*
¿Que fascinó a los primeros hombres?
Fulgur. El rayo que desgarra el cielo oscurecido o nocturno. En nuestros días, las tormentas siguen
aturdiendo el cuerpo de los hombres. La lluvia los sosiega al igual que un orgasmo sacia sus cuerpos tensos o
al menos atormentados y devuelve la serenidad a sus almas.
El relámpago es la imagen nocturna en la que toda tormenta se envuelve. Como el fogonazo de placer detrás
de los ojos en el momento de la emisión voluptuosa. El jadeo sonoro que la acompaña es involuntario: es su
trueno.
Cuando la fulguración visita el cielo, atraviesa el lugar y trastorna a su testigo o a su víctima, la precede una
inmovilidad mayor que tensa todo el espacio antes de desgarrarlo, antes de que el agua brote, se extienda por
todo el lugar, sobre el testigo, el instante, y los inunde.
*
Sicut oculi servorum...
Al igual que los ojos de los esclavos están atentos a los gestos de su amo, así vivimos. Así amamos. Así
leemos. Así tocamos música. Nunca salimos del país de Egipto.
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El amor es una forma de inteligencia (de hambre en los labios, de viaje en la mirada) a la que sólo le
concierne la alteridad del otro. Es un modo de conocimiento cuya primera característica consiste en que su
clarividencia está en contradicción con el lenguaje. La lengua constituida, nacional, aprendida (aprendida
tras haber sido leída en los labios maternos) siempre esta en una posición anacrónica respecto a la armonía
de más antigua influencia: porque, a diferencia de la concupiscencia, es esta armonía lo que el amor
despierta.
*
La pasión es el apego involuntario e irresistible a la proximidad de otro cuerpo distinto al nuestro. Este
apego mudo y súbito suscita acciones que exaltan el alma –o que incluso la enloquecen– y que ponen en
peligro la situación familiar, conyugal o social.
La pasión, al contrario que el deseo (el deseo que es lo contrario de la passio, que es impaciente) es, a mis
ojos, forzosamente desinteresada, porque despierta un estado en el que la identidad aún no estaba
construida. O, mas bien, el amor "no es interesado": todo su interés es la proximidad respecto al otro. Esta
proximidad no es apropiación dentro de sí, porque se suena como incorporación al cuerpo del otro, en la
alteridad de la que provenimos. Puesto que se sueña como una fusión, poco frecuente y casi imposible (salvo
en los casos de devoración), o al menos, una confusión, de ello se deduce que
1. El amor va en contra de sus intereses.
2. El amor desafía los intereses de la sociedad.
3.Todos los actos irreprimibles que engendra tienen un carácter de expansión, de desinterés. De belleza. De
júbilo, es decir, de desbordamiento. De contraste con todos los demás comportamientos humanos
socializados. Estos perturbadores acting out, estas conmovedoras estupefacciones, estas perversiones
distantes, estas manías obsesivas, estas audacias que desprecian cualquier seducción suscitan desde el alba
del lenguaje relatos con los que la sociedad se consuela y se venga (o, a posteriori, se arrepiente). La sociedad
siempre se arrepiente de sus malas acciones cuando ya no tiene que temer las consecuencias de su
arrepentimiento.
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En el amor, el ser que nos es más cercano no está cerca. Está más lejos que nadie. Tan lejos como la escena
inalcanzable cuyo producto (lo reproducido) somos. Es antiquísimo.
Es el Antiguo entre las piernas.
Más lejano todavía es lo que sentimos, y aun mas lejano está la otra desnudez, la desnudez que descubrimos
en el otro la primera vez que lo desnudamos.
*
Hay movimientos a los que nos resistimos violentamente, pero cuya influencia es tan poderosa que nos
empujan con brusquedad a situaciones que no nos atraen. Cedemos a nuestro pesar. Cedemos como cedería un dique. Nuestros astros más antiguos nos siguen atrayendo hacia sus órbitas apasionadas. Esos astros son
nuestros palacios odiosos.
Los romanos llamaban sidera a estos astros. Los oponían a las estrellas (stellae) como grupos de stellae que
formaban imágenes, "constelaciones", una serie de signos que se siguen, que sobrevienen y luego se retiran
del fondo nocturno en el transcurso del invierno: un rinoceronte, un cazador, un bisonte, las Pléyades. Estas
cuatro sidera eran los astros que culminaban a finales de invierno y que anunciaban sobre el fondo negro de
la bóveda celeste la inminencia de la primavera, el retorno de las crías, los brotes y los colores, el
renacimiento del Primus tempus, la inmanencia de la caza en cuanto nacían las camadas vivíparas.
*
Estos astros, que nos observaban en el momento de nuestro nacimiento, sideran el tiempo de los hombres y
prescriben las alegrías, los partos, los sacrificios de las primicias y de los recién nacidos, las recolecciones de
los frutos, las depredaciones renovadas, los ritos que garantizan el retorno anual (la supervivencia anual) de
todas las cosas.
Estos astros sideran a los animales, sus cópulas, el recorrido del sol, las lluvias, los brotes, las flores, los
frutos, a nosotros.
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Capere es el verbo de los cazadores. El amor cautiva, la influencia capta, la lengua captura, la dependencia familiar acapara como los labios y las miradas de la madre acaparan los labios y la mirada del niño, lo alimentan y al fin el curioso alimento llamado lenguaje se introduce también en sus bocas y pasa de unos labios a otros porque no podemos pasarnos todo el día devorando.
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Nadie se libra para siempre del océano de su propia pasión.
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Los amantes están sometidos, más que a cualquier signo, a los símbolos (a ese error que confunde la diferencia sexual y el lenguaje humano). Los amantes se creen los elementos de un lenguaje inefable, ultrasingular; creen formar un nombre propio presocial, inaudible para la sociedad inmediata (la familia, el entorno, el vecindario). Imbrican lo que les sirve para reproducirse y dialogar. El amante y la amante deberían transformarse en ese nombre (sustituido, en las sociedades recientes, por la frecuente necesidad de sacrificar el patronímico para cambiarlo por el patronímico social del amado), un nombre propio e inaudito cuya función sería comparable a la de un interruptor que detuviera el lenguaje.
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El abrazo sólo puede aferrarse a una letra. El alma no tenía en sí misma littera donde aferrarse. El fondo de los ojos, fascinados por el sueño que la visión y el lenguaje reflejan en el espacio que sus presencias distienden en el cerebro, no tenía literatura donde volver a representar, en silencio, la inscripción debida a la impronta. Es decir, sus nombres divinos. Es decir, sus sidera.
De ahí viene la lectura.
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Todo amor verdadero está habitado por algo más antiguo que la época en la que surge. Además, así es como se descubre: lo que está en otra parte aparece aquí, lo que está lejos aflora a todas horas, no hay instante presente que no atraiga hacia sí continuamente el pasado, el de la separación, la pérdida de la noche, la pérdida de la fusión que nos ha precedido y que nos llama de lejos en la fascinación (que no es más que una fusión de hecho).
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Desear es un verbo incomprensible. No es ver. Es buscar. Es lamentar la ausencia, confiar, soñar, esperar.
Siderare y desiderare: presión y depresión. La savia sube y se retira (como fluye y refluye la marea).
Es extraño que la palabra romana para el deseo provenga exactamente de la misma fuente en la que dos mil años más tarde bebieron nuestras lenguas romances para formular la palabra desastre.
Lo desastroso nace con mala estrella.
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El deseo es el desastre.
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Derivar se aparta de la orilla. Desear se aparta del astro.