sábado, 13 de octubre de 2018

Un poema de Susana Villalba

Polaroid by Andrei Tarkovsky from the book Instant Light






El perro


hice de mí un lugar
como la arena 
en la idea del mar

no soy un pájaro



acorralado por la orilla
del cielo
y la oscuridad
de su fondo

mi deseo no es mío
ni externo

es mi cordón umbilical
con el mundo

cuando tira
del ovillo de mi cuerpo
me ordena

entonces necesito ser
hasta un punto

soy lo que está
donde estoy

no soy un árbol

pleno de frutas
las suelta
espléndido de flores
desprende una fiesta
de su pérdida

la raíz del universo
es la dispersión



si pudieran ver la música
es un árbol
agitado por el viento

el árbol es paciencia
tomando cuerpo
hacia el vacío
va
sin miedo
sin apuro

la palabra llegar
no existe hacia arriba



salto
mordiendo el viento
juego
a que juega conmigo

el viento pasa
para que el árbol conozca
el movimiento

el árbol suena
para que el viento 
se conozca

el mundo da vueltas
y vueltas
queriendo morder la cola
del viento

abrazo al árbol
con mi olor

le aúllo al viento

con el mundo
no sé qué hacer



entre el aire y la forma
no soy un pájaro

no sé si estoy arriba
de la tierra, abajo
del cielo, más acá
de mí




porque el vacío
abierto me acongoja
no soy un pájaro

aúllo
hasta que la noche
es otra soledad
y me acompaña



un largo rato
estuve oliendo
una semilla

hasta que comprendí:
adentro tiene un árbol
entero



salto
salto
salto

porque no soy un pájaro



escarbo

escarbo y salto
y giro

mis movimientos
tuvieron sentido
alguna vez

corro
a unas palomas
y se alejan apenas

no creen en mí
ni yo
en ellas



salto
salto
salto

luego existo








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del libro "La bestia ser" (Hilos editora - 2018)










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domingo, 16 de septiembre de 2018

Una tarde - Samuel Beckett



© Alois Nozicka






Fue encontrado tendido en el suelo. Nadie le había echado de menos. Nadie le buscaba. Una anciana lo encontró. Por dejarlo impreciso. Sucedió hace tanto tiempo. Deambulaba en busca de flores silvestres. Sólo amarillas. Con ojos sólo para éstas tropezó con él tendido allí. Tumbado boca abajo y con los brazos extendidos. Llevaba abrigo a pesar de la época del año. Oculta por el cuerpo una larga fila de botones lo abrochaba de arriba abajo. Botones de todas las formas y tamaños. Puesto de pie los faldones rozarían el suelo. Esto parece encajar. Cerca de la cabeza un sombrero arrugado descansaba en el suelo. A la vez sobre el ala y la copa. Pasaba inadvertido gracias al abrigo verdoso. Para alguien que observara desde lejos sólo habría saltado a la vista la cabeza blanca. ¿Lo había visto ella antes en algún sitio? ¿De pie en algún sitio antes? No tan rápido. Ella vestía toda de negro. El borde de su larga falda negra rozaba la hierba. Era el final del día. Si ahora se moviera hacia el Este su sombra la precedería. Una larga sombra negra. Era época de cría. Pero no había corderos. No veía ninguno. Si por casualidad una tercera persona pasara por allí vería únicamente sus dos cuerpos. Primero el de la anciana de pie. Después acercándose el otro tendido en el suelo. Esto parece encajar. Los campos desiertos. La anciana toda enlutada inmóvil. El cuerpo inmóvil en el suelo. Amarillo al final del brazo negro. El pelo blanco sobre la hierba. El Este hundiéndose en la noche. No tan rápido. El tiempo. Cielo cubierto todo el día hasta el atardecer. Por fin apareció el sol cerca del límite Oeste Noroeste. ¿Lluvia? Unas gotas si queréis. Unas gotas por la mañana si queréis. De momento para concluir. Sucedió hace tanto tiempo. Recluida en casa todo el día sale con el sol. Se apresura para llegar al campo. Sorprendida de no haber encontrado a nadie deambula febrilmente en busca de flores silvestres. Febrilmente ante la inminencia de la noche. Observa con sorpresa la ausencia de corderos en gran cantidad por aquí en esta época del año. Lleva el luto que se puso cuando enviudó joven. Es para reponerlas en su tumba que deambula en busca de las flores que él había amado. Pero de no ser por la necesidad de amarillo al final del brazo negro no habría ninguna. Por lo tanto sólo hay las menos posibles. Esta es para ella la tercera sorpresa desde que salió. Ya que suelen crecer en abundancia por aquí en esta época del año. Su vieja amiga su sombra le molesta. Hasta tal punto que se vuelve hacia el sol. Que una flor aparece alejada de su trayecto se desvía a por ella. Ansía el final del ocaso para deambular libremente en el resplandor crepuscular. Se añade a su angustia el familiar susurro de su larga falda negra sobre la hierba. Avanza con los ojos entreabiertos como atraída por el resplandor. Quizá se diga a sí misma son demasiadas cosas para una sola tarde de marzo o abril. Nadie a la vista. Ni un solo cordero. Casi ninguna flor. Sombra y susurro molestos. Y por si esto fuera poco el susto de tropezar con un cuerpo. Casualidad. Nadie le había echado de menos. Nadie le buscaba. El negro y el verde de sus ropas tocándose ahora. Cerca de la cabeza blanca el amarillo de las pocas flores arrancadas. La vieja cara iluminada por el sol. Tableau vivant si queréis. A su manera. Todo en silencio de ahora en adelante. Mientras ella no se mueva. El sol desaparece al fin y con él toda sombra. Toda sombra aquí. Lento desvanecerse crepuscular. Noche sin luna ni estrellas. Todo esto parece encajar. Pero no hablemos más de ello.







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Traducción Antonia Rodríguez Gago intervenida por Zacarías Marco.




















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domingo, 19 de agosto de 2018

fragmento de "Maestros Antiguos" de Thomas Bernhard

© Ivan Pinkava


















[...] Esta generación actual, curiosamente, no plantea a la música las altísimas exigencias que se planteaban a la música hace sólo quince o veinte años. Eso se debe a que escuchar música se ha convertido en una trivialidad cotidiana a causa de la técnica. Oír música no es ya nada extraordinario, por todas partes se oye música, esté uno donde esté, se ve francamente obligado a oír música, en todos los cafés, en todas las consultas de médico, en todas las calles, hoy no se puede ya escapar a la música, se quiere huir de ella, pero no se puede huir de ella, esta época está totalmente rodeada de un fondo musical, ésa es la catástrofe, así Reger. En nuestra época ha irrumpido la música total, por todas partes, entre el Polo Norte y el Polo Sur hay que oírla, sea en la ciudad o en el campo, en el mar o en el desierto, así Reger. A la gente se le atiborra diariamente de música desde hace ya tanto tiempo, que hace mucho que ha perdido todo sentido para la música. Ese horror influye también, naturalmente, en los conciertos que hoy se escuchan, ya no existe lo extraordinario, porque toda la música en el mundo entero es extraordinaria, y cuando todo es extraordinario no hay, como es natural, nada que sea ya extraordinario, y resulta francamente conmovedor, así Reger, cuando todavía algunos virtuosos ridículos se esfuerzan por ser extraordinarios, ya no lo son porque no pueden serlo ya. El mundo está totalmente impregnado de música total, dijo Reger, ésa es la desgracia, en cada esquina se oye música extraordinaria y perfecta en tal medida que, en realidad, hace tiempo que hubiera habido que taparse todos los conductos auditivos para no volverse loco. Los hombres de hoy padecen, porque no tienen ya otra cosa, un consumismo musical enfermizo, así Reger, ese consumismo musical lo continuará la industria, que dirige a los hombres de hoy, hasta que haya destruido a todos los hombres; se habla tanto hoy de los desechos y de la química que lo destruyen todo, pero la música destruye todavía más que los desechos y que la química, la música es lo que, en definitiva, destruirá totalmente todas y cada una de las cosas, se lo digo yo. Primero la industria musical destruirá los conductos auditivos de los hombres, y luego, como consecuencia lógica, a los hombres mismos, ésa es la verdad, así Reger. Veo ya al hombre totalmente aniquilado por la industria musical, dijo Reger, a esas masas de víctimas de la música que poblarán en definitiva los continentes con su hedor de cadáveres musicales, mi querido Atzbacher, la industria musical tendrá un día a los hombres sobre su conciencia, tendrá al final, con la mayor probabilidad, a toda la Humanidad sobre su conciencia, no sólo la química y los desechos, se lo digo yo. La industria musical es el verdadero asesino de hombres, la industria musical es el verdadero genocida de la Humanidad que, si la industria musical continúa como hasta ahora, sólo en unos decenios no tendrá ya ninguna probabilidad, mi querido Atzbacher, así Reger irritado. La verdad es que un hombre de oído sensible no podrá ya pronto salir a la calle; si entra uno en un café, si entra en una fonda, si entra en unos almacenes, por todas partes, lo quiera o no, tiene que oír música, y si viaja en tren o vuela en avión, la música lo persigue hoy por todas partes. Esa música sin pausa es lo más brutal que la Humanidad de hoy tiene que soportar y padecer, así Reger. De la mañana a la noche se atiborra a la Humanidad de Mozart y Beethoven, de Bach y Hándel, dijo Reger, ya puede ir uno a donde quiera, que no escapará a esa tortura.




















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viernes, 10 de agosto de 2018

"Así que, puedes escribir un libro... "

frame del film A Ghost Story de David Lowery 





(Conversación de invitados en la casa, bajo la presencia del fantasma, en el film A Ghost Story)



Invitado 1: ¿Y esas son tus dos polaridades?

Invitada 2: ¿Polaridades?

Invitado 1: Prioridades o lo que sea. El dinero es sólo dinero. Tienes que sacar eso de la ecuación. ¿Y ahora qué? Bueno, eso es lo que estaba diciendo. No es sólo... No, no, puedes encontrar una razón. ¡Y quiero saber lo qué pasa, también! Así que, no hay dinero. ¿Y qué te queda? Tienes... A otras personas. Tienes a Clara, tienes tiempo. El tiempo es importante. Pero tienes tanto como cualquier otra persona, toma o quita. ¿Qué hay de Dios? Tal vez tienes a Dios. ¿Lo tienes?

Invitada 2: ¿Qué? ¿Tener a Dios?

Invitado 1: Sí.

Invitada 2: No.

Invitado 1: De acuerdo. Bueno, así es cómo lo deduzco. Un escritor escribe una novela. Un compositor escribe una canción. Un sinfonista escribe una sinfonía, que es quizás el mejor ejemplo... porque todas las mejores fueron escritas para Dios. Así que, dime qué sucedería si Beethoven... escribiera su "Novena Sinfonía"... y de repente se despierta un día... y se da cuenta de que Dios no existe. Así pues, de repente todas estas notas y acordes y armonías... que estaban destinadas a, tú sabes, reemplazar la carne, te das cuenta de que, "eso es sólo física". Así que Beethoven dice: "Caramba, Dios no existe, así que supongo que estoy escribiendo esto para otras personas. Ahora es sólo pura locura". No tenía hijos, que yo recuerde, pero si tuviera...

Invitado 3: Tenía un sobrino.

Invitado 1: ¿Tenía un qué?

Invitado 3: Un sobrino, tenía un sobrino.

Invitado 1: De acuerdo. Estupendo. Así que él... Él la escribe para él.

Invitada 4: O su Inmortal Amada.


Invitado 1: Sí. O para quien fuera. Pero dejemos el amor fuera de esto... y vamos a envolver todo esto debajo de la manta... de alguien que piensa que, "esto es algo por lo que ellos me recordarán". Y lo hicieron. Y lo hacemos. Y con seguridad, hacemos lo que podemos para soportar. Construimos nuestro legado pieza por pieza, y tal vez todo el mundo te recordará, o tal vez sólo un par de personas, pero, haces lo que puedes para asegurarte... de que todavía estás por ahí... después de que te hayas ido. Y así, seguimos leyendo este libro, todavía estamos cantando la canción, y los niños recuerdan a sus padres y a sus abuelos... y todo el mundo tiene su árbol genealógico, y Beethoven tiene su sinfonía, y nosotros lo tenemos también. Y todo el mundo seguirá escuchándolo... en el futuro inmediato. Pero... aquí es donde las cosas comienzan a romperse, porque tus hijos... ¿Tienes hijos? Espera, ¿quién aquí tiene hijos? ¿Tú? Tus hijos van a morir. El tuyo también. El tuyo también. Oye, sólo digo. Todos van a morir, y sus hijos morirán, y así sucesivamente, y así sucesivamente. Y luego habrá un gran cambio tectónico. Yosemite estallará y las placas occidentales se moverán, y los océanos se elevarán, las montañas caerán, y el 90 por ciento de la humanidad se habrá ido. Un sólo golpe. Esto es sólo ciencia. Quien quede... irá a un terreno más alto... y el orden social caerá, y volveremos a ser carroñeros y cazadores... y recolectores, pero tal vez haya alguien... alguien que un día tararea una melodía que solían saber. Y le da a todo el mundo un poco de esperanza. La humanidad está a punto de ser exterminada, pero continúa un poco más... porque alguien oye a alguien más... tarareando una melodía en una cueva... y la física de la misma en su oído... hace que sienta algo más qué miedo o hambre u odio, y la humanidad continuará... y la civilización volverá a encaminarse. Y ahora piensas que vas a terminar ese libro. Pero no durará. Porque Dios, el planeta va a morir. En unos pocos billones de años el sol... se convertirá en una gigante roja... y que, finalmente, se tragará a la Tierra entera. Esto es un hecho. Ahora, tal vez por ese punto, nos habremos instalado en algún planeta completamente diferente. Bueno para nosotros. Tal vez habremos descubierto una manera... de llevar con nosotros todas estas cosas que importan. Tienen una fotocopia de la Mona Lisa por ahí, alguien la ve, mezcla un poco de... polvo alienígena con algún escupitajo, pinta algo nuevo, y todo sigue. Pero incluso eso no importa. Porque incluso si alguna forma de la humanidad... lleva una cierta grabación de la "Novena Sinfonía" de Beethoven... todo el camino hacia el futuro, el futuro va a golpear contra una pared de ladrillo. El Universo continuará expandiéndose, y eventualmente se llevará a todo lo que importa con él. Todo por lo que has luchado, todo lo que tú y algún desconocido... en el otro lado del planeta compartirá con algún futuro extraño... en algún planeta completamente diferente sin siquiera saberlo, todo lo que alguna vez te hizo sentir grande o levantarte en alto, todo se irá. Cada átomo en esta dimensión... será separado por una fuerza tan simple como... Y luego todas estas partículas trituradas... se contraerán de nuevo... y el Universo va a... chuparse de nuevo en una mota demasiado pequeña, como para que cualquiera de nosotros pueda verla. Así que, puedes escribir un libro... pero las páginas se quemarán. Puedes cantar una canción y pasarla. Puedes escribir una obra y esperar que la gente la recuerde... sigan actuándola. Puedes construir tu casa de ensueño... pero en última instancia nada de eso importa más... que cavar con los dedos en el suelo... para enterrar un poste de la cerca. O... O coger. Que supongo que es casi la misma cosa.


















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miércoles, 21 de marzo de 2018

tarabust






©  Alejandro Durán











El desastre cuida de todo.

Maurice Blanchot.








[…]
Viniera,
viniera un hombre,
viniera un hombre al mundo, hoy, llevando
la luminosa barba de los
patriarcas: debería,
si de este tiempo
hablase, de-
bería
tan sólo balbucir y balbucir continua,
continua-
mente.

Paul Celan por José Ángel Valente



Aquello que está en mi pensamiento me pertenece sólo a mí.
Pero el yo no se pertenece a sí mismo.
El fantasma es la visión involuntaria que obsesiona.
El tarabust es la molécula sonora involuntaria, acechante,
atormentadora, lancinante.

Pascal Quignard







hablo
(digo que hablo)
como si la figura aún completa
pudiera ser gobernada
por la previsibilidad de la escucha.

no los muertos que hablan. No.

los que se detienen a escuchar.

los que se detienen. Quedan
en el vacío
de los escombros de la catástrofe.

como si la figura aún completa
pudiera ser
aún








hablo, concepto, sin cualidad, con los fantasmas hablo, y, no, no les entiendo, no les entiendo lo que me dicen, lo que regresa queda, entre llaves de interrogación, queda, y, sucede, sucede así, de pronto, ha desaparecido todo, todo, fue, sólo, sólo es una visión, un encandilamiento, después, después, preguntas, la suspensión, el chisporroteo de la violencia negra, un fondo de ciudad en donde vuelan papeles, y, otra vez, lector, otra vez, concepto, con los fantasmas, hablo, retorno, afirmo: he visto llamas sobre una carretera, la luz es una luz rural pero después de que la tierra será deshabitada, poderoso el silencio del fuego solar contra la oscurana verde de las pasturas, los salpicados carteles de la publicidad apenas dejan leerse o están partidos al medio, las paredes de eucaliptus interrumpen la continuidad plana de las largas distancias y un rayo de dolor quema el resto de la región del fin del mundo, donde, de pronto, ha desaparecido todo y, sin embargo, hablo, lector, les hablo, o los fantasmas, sin entender lo que me dicen, ofrecen, en ese andar de golpes, fracturas, zanjas insalvables, una jerga tan particular de muertos de un pasado con muertos que vendrán[1]: cierta dádiva de cualidad insolvente.









esperar y, y no, no saber, no saber ¿qué? que llegaría, así, sí, un instante, un instante tan, tan deshecho, tan hijo muerto, entre los brazos, sí, un hijo muerto y, no, no saber, no saber qué, que se suspendería como un deambulatorio, digamos, en parálisis, la maravilla desnuda, desnuda más desnuda, a nuda luz, desnuda, quemada, quemada claridad, luz-nuda-arborescencia, intransigente, el peso de un silencio al pie de una escalera hasta, hasta una mancha, ágil, mancha qué, que fue un sobre, recibo, un recibo, una factura que alguien deslizó por debajo de la puerta, un aleteo y el hambre en los oídos, respiración-menuda-antena, un instante, una geografía de cierta nitidez, con sus desfiguraciones, tartamudas sendas, arenales soles, extensos, casi casi interminables, de seca lucidez.








entre el instante y la eternidad, Uno en Todo, recuerda, recuerda, repite, repite en un último delirio febril, Virgilio, recuerda, escribe Bröch, sobre cierto motivo, repetido, un galope de palabras deformándose en la pared iluminada por las antorchas, cómo, como ese árbol de pájaros de fuego, presión alucinatoria modulada por vocablos, vueltas y volutas de la habitación de un moribundo, escribe Bröch desde una celda, un llamado impertinente que al poeta clásico se le avecina como un mazazo de la muerte, del poder, del arrebato del poder, escribe Bröch, exhausto, a contra pelo, si hay tiempo restante de gritar, de gritar contra el tiempo restante, contra las palancas que lo desatan, su apuesta, contra papeles que deberían sobrevivir sobre otros que se han deseado quemar, como una mano que escribe sobre la mano de lo que ha escrito el afiebrado en la prisión del cuerpo antes, antes de disolverse en la mañana de los diálogos de quienes vienen a verle en agonía y, no, no respetarán, no respetarán aquel último deseo, escribe Bröch sin red, ignorándolo, a puro riesgo, si aquellas horas no correrán la suerte exacta, contraria, con otra muerte en la nuca, entre el instante y la eternidad, Uno en Todo, un deseo, un deseo en simetría inversa.










se podría afirmar que quien no tiene ya más por decir, no tiene absolutamente ningún tipo de vínculo, más o menos cercano, con una voluntad y, digamos, por añadidura, se deja arrumbar en una suerte de interioridad con eco, sin ninguna ligazón visual, teleología convincente, ímpetu hacia nimiedades convencionales: hábitos de higiene, tendencia a los desplazamientos, registro de los mismos, curiosidad o extravagancia y, sí, así, de forma más común de la que a uno le pueda parecer, la ciudad se ve revuelta de una sordidez que asombra, y, no sé, digo: ¿por qué? por qué, digamos, asombra, ¿no? tal cosa: que quien ya no tenga nada por decir olvide o entierre las formas de una perentoria demanda en un conjunto más primario de conductas: matar o perecer pero, pero sin palabras, palabras que alcancen a cierta entidad corporal antes del cuerpo del acto, ni mediación entre el sostén de un relato y el campo de la acción.







la amontonada verdad de los sitios abandonados, los deseos desligados, ya, de algún contexto andante, las formulaciones expresadas en su ensimismamiento, los sólidos murmullos de las mudas familiares, madres, digamos, promesas, hechas añico, reboso, muñeca de loza, imagen registrada sobre un trapo en una feria: botellas vacías, matrículas vehiculares fuera de circulación, ropavejero o conjunto material de mañana con sol en un rincón de cielo que por la noche es fantasma, en la rompiente del río, como mar, el río, el mar de muertos sin moridero fijo, quién sabe qué guijarro, qué playa, por lija del trabajo del agua en la frontera con tierra, ahí, justo, el cristalino de un silencio, ojo fijo, multitud, con tentación perchenta de geografía humana, opaca, indiferente, ahora, ahora sí, lector, llegado acá, sí, si me permite, si me permite vocearle, de igual a igual, salive, sí, el odio, che, por cierta parte donde se es pulcro, se vanguardiza un modelo, un personaje, una farsa, conmutación de dos botones en una máquina de tópicos: monto de impuestos, viajes al exterior en buenas cuotas amortizables, culo ancho con buena inclinación al chivo expiatorio: basura, chapa, orín de vía pública, seguridad ciudadana, barra brava de las hinchadas de fútbol, territorios comanche, planes sociales, fumigación a gritos, palurdez híbrida de Homero/Josef K.: funcionario de la planta nuclear de Springfield a escala de Ministerio Público de una “máquina de pasto”[2], “de una máquina perforadora que podía dar cien golpes por minuto”[3], conmutación de dos botones, secuela urbana de patrimonio por asuntos de cultura con aspectos ignorados de barbarie, lectura tuerta acerca de los denarios que ha sepultado cada héroe nacional en eso que fue dotado a Patria, a excusa, a Leviatán, a metros cuadrados de shopping center por habitante distribuidos equitativamente un día de Black Friday, con laico emblema bobino-religioso, heráldico, y seco, seco como parto de gallina, ligado por una postura territorial de cúbito dorsal a un curso de agua, al oriente, en lo que ES por el NO su afirmación, ausencia, justa, con el motivo justo (estilo -que le dicen) donde se entona al tremolar, al tremolar, a esa altura, de mástil, de relieve penillano, cae, cae, ya cayó, desde otra clase de altura, digamos, de tipo metafísica, en ciertos elementos, afrancesados, alambrados, enrejados como, por ejemplo, balcones, dos terceras partes solteros durante el año, u otros paisajes, iluminados con el agua del mercurio de la niebla sobre extensiones de soja (canturrea un camionero de mandíbula asperjándose (hay un sonido a dentadura (bruxismo))) cómo, como putrefacción al pico de un carancho, pues, de qué otra, de qué otra cosa ser hablante, verbo, res, sino rumiante de un idilio con la muerte, a trompicones inclinándose en la autopsia del cuerpo fracturado entre lo que quiso y el sobrante de esa querencia, pero en molicie, digamos, desajuste y elección en recrear por falta de un modelo o bien ya contaminado o un material de duelo de futuro, cualquiera sea el desastre que nos demos en listar como suerte de discurso, (e)videncia, zureo del tipo en el parque: cartones, perros, chinches, envases plásticos, tutela de Monsieur Ducasse-“nacido de acá”[4], en ciertos temporales sobre la Rambla Sur, con maldición que no presta talla, talla alguna, sin despojar un tono enriquecido, químico, en bocas de tormenta, cañadas entubadas a metros por debajo del suelo, relato histórico de unos cajones de pino a la deriva por un arroyo con cierta inundación, o en brazos maniatados de ciertos chinos encontrados en viejos comunicados, de periódico, en sepia, hasta presente costumbrista de humanos desmembrados en unas bolsas negras, los del fondo, los tubulares del Norte, en fin, los diferentes borrones, inmundicias, tachaduras, terraplenes, en el cadáver cósmico, a engorde, del índice de riesgo país, inversor, etc, etc, etc., sinónimos, sinónimos, florilegios, vanas alegorías deste fluir mercantil en el brotar la lengua: conjunto material de mañana con sol en un rincón de cielo que por el habla es cautivo.







e-e-e-en
la captura masiva de las palabras por parte de los informes diarios, de las transacciones móviles, de los volúmenes máximos, de las listas, las datas, las gráficas del clima, las cargas impositivas, las tasas de embarque, de todos los valores abstractos de todo el campo significante, a quién le hablo ¿yo? en distancia, anonimato, en alelamiento, en riesgo, no, en un fracaso numérico, debajo de los escombros de un derrumbe, un derrumbe adelantado, una imagen de un derrumbe, de un derrumbe, del viento, el ángel, la Historia es trágica, la historia individual es una esquirla de lo que vuela de aquello, no es, no, no es una ley inexorable, es un destino iluminado por la mano de aquel que ve la imagen en el tiempo en una epifanía, detenida, en un momento, Uno, la mano y lo que es ¿esto? el sucesivo derrumbe, la imagen, la imagen derrumbándose, la distancia que cobra no ser presa en ausencia de manada mientras huye por razón lógica que del derrumbe desprende: una imagen de un derrumbe, un ruido, un ruido, un ruido impertinente, una molesta conversación con uno mismo, la vanidad, el fracaso, la alienación de una entidad ficticia por otra.







lo que interfiere en la capacidad de escucha es, es, es el abuso, el abuso indiscriminado, indiscriminado pero, pero tal, tal parece, inevitable, de moldear lo que el hablante dice en una cierta imagen exacta, “conforme a nuestra semejanza”[5], cómo, como digamos, una ilusión, una ilusión caprichosa, un capricho del receptor por un suelo, un suelo estable, un suelo estable y común donde las partes involucradas puedan visibilizar algo como un paisaje reiterado, dígase, por ejemplo: un titular de diario, “no hay hechos, sólo interpretaciones”[6], y, no, no sé, diría, algo, algo cómo, como una mácula necrosa del signo que del escucha cuelga, como un anzuelo, como un anzuelo que remitiera a un único, primer y/o último, fondo, nunca interludio, sólo fondo, sólo máscaras caóticas, superficies hiladas por un continuo hablado, donde el sonido, más que el propio embate de las formas concluyentes, el sonido, agregado entre otras cosas sueltas, golpeadas por un matiz corporal, ayudara más a irrumpir en un lugar inhóspito, más verdadero, digamos, por la tentación de pérdida que por ganancia de algún saber oculto que creemos entender y que nos deja, nos deja, otra vez, otra, llenos de espanto al comprobar qué, que no, no, no había tal, tal capacidad de escucha, definitiva, forastero, lector, verdadera, que no fuese, otra vez, un desconocimiento, digamos, al mismo tiempo, una frontera abierta y una revocación, una expulsión del cuerpo propio en el oído ajeno y viceversa, al fin, una lucha por integrar dos cuestas de un oxímoron, como herida y cicatriz, digamos, en ambas partes de un diálogo.







las partes, las partes extrañas, las partes qué, que no, no condicen, no, no condicen, no condicen con algo, cómo, como esperado, digamos, como esperado, o, no-no, mejor, esperable, digamos, ésas, esas partes, esas hondonadas, y la cuestión en sí, la cuestión de la espera, digamos, la espera misma, la furtiva convicción de que sucederá, algo, algo sucederá y el suspenso, el suspenso que eso provoca, eso, eso que por una instante queda, digamos, por ejemplo, como una noche sin dormir, una noche con los ojos rebosantes de cal del techo, atento el oído, la musculatura, crispada-dura-aglutinante, mientras, mientras acontece, acontece un diálogo, un diálogo, digamos, con esa especie de ente fenoménico que no podemos encauzar más que por palabrerío, mientras, mientras la espera (la espera y lo esperado) se agrupa, se agrupa en variadas figuras, desesperadas-negras-flotantes, en un espacio cercano pero, pero extranjero, digamos, como un terreno intuido que no podemos, no-no, no podemos, no, más que seguir, seguir, por una especie de frustración funámbula, porque la espera (la espera y lo esperado) no tiene objeto, o lo ha perdido, o lo ha desconocido, alguna vez, por vez primera, y entonces va, va y lleva, nos acarrea de orilla a orilla, sin ilación más que musical, a veces, con suerte, con cierta maestría, cómo, cómo, como si existiera un todo, un todo hecho de bólidos aéreos, aéreos y en colapso que aún no ha sucedido más que en ese quiste, en ese quiste de espera, sujeto y objeto, al mismo instante, de escucha y de presagio.







la aridez, la pelambre de la idea concreta, sólida, sin fisuraciones, la parolería involuntaria que se le embuda, cuando le interrumpe el sol, ¿no? digamos, cómo, como por ejemplo, si fuese luz de un sable: le corta en dos, la claridad del quehacer diario, como si un esclavo, el nuestro, de cada uno, arrinconado, de nuestra oscuridad, sale, se pone en pie, barre sus ojos entre los vivos, barre la capa de papel picado de una gran fiesta de ayer, libera su condición de tal en el desnudo del desnudo del desnudo, digamos, ¿no? la gran mentira de las pieles, y se colapsa, colapsa de la dimensión de nudos, frágiles y duros, se paraliza, con las palabras interrumpidas, y, se advierte, atento lector, ahora, entonces, desde el piso: la ciudad brota ciudad, hombres, torres de vidrio, curso de agua con un bucólico pasado de cisnes, un bucólico pasado de cisnes del que habla una guía de viajes a un escaso grupo de turistas, junto al curso de agua aludido, un día de calor, un mal olor y cisnes, sí, diríase, cisnes de plástico, en las orillas, el esplendor de la ciudad que brota de la ciudad brotada se mide en la riqueza por toneladas de basura acumulada, índice de consumo per cápita, índice de ansiedad por cantidad de recetas recibidas en farmacias, índice de suicidios por alguna explicación que no, no será, nunca será muy convincente, ni efectiva, ni fruto podrido de la melancolía, nuestra, sí, arrinconada, insistente en las glicinas y las glorietas que acompañaron la intervención urbana, dice la guía, con una capelina ridícula, bajo el sopor aplastante, entre las masas vehiculares del tráfico.







el cuerpo del amor recorre el de la muerte, el cuerpo del animal del cuerpo en las palabras, recorre, quién sabe qué distancia, black over, desaparece, la habitación ornada es un recurso asfixiante que ejerce un desafío: estar de pie, manos abiertas, al cielo, la distancia del océano parece nada cuando presiente el silencio de las ofrendas a dios nadie, regreso de la mirada febril por el derrumbe, la acatisia, el trastorno, los días de monosílabos, de dar vueltas al espacio, puertas y más puertas y, sí, así, la estela lumínica de cierto cuerpo vivo, de regreso, el cuerpo de las palabras en el cuerpo del amor recorre el de la muerte, sin cortapisas, a cada quién, sabe, el sorbo de estupor, zona indeclinable a uno en donde lo que suena es cero, punto muerto del cuerpo de las palabras, el Otro, lector, soliloquio de tamañas proporciones, en al menos un instante de jornada, la punta negra de la sombra en el exacto mediodía, sólo, esa brisa, fría, el cuerpo del amor, el beso del cuerpo del animal del cuerpo en las palabras, resigna, quién sabe qué distancia, el cuerpo de la muerte, un pie de la belleza en el vientre de su umbral, carne roja, fósforo, grafía, un campo de pintura abstracta, anaranjado, del viento, el ángel, visión de rosa de Hiroshima que no puede, imagen sobre el cuerpo del cuerpo del amor carbonizado en el animal de las palabras, esqueleto, soliloquio de tamañas proporciones, las masacres en HD que no perdonan al cuerpo de las palabras, perforación del cuerpo del amor sin práctica de fe: balística, radiación, cifras de refugiados, esa forma de amontonar sin piedad antes del próximo caído hasta acá, ¿hasta acá? ¿cuantía? repare, una primera cantidad, disruptiva, hasta acá, en su cabeza, donde el cuerpo de la muerte retoce a sus anchas, entre sus sienes, soliloquio de tamañas proporciones.







¿y ahí qué esperan? quizás, quizás un vagaroso frú frú, azul de Prusia, las golondrinas, quizás, por ejemplo, usted, usted (un encantado lector) espera, espera un habla, domesticada, sin barrizal, sin su contienda de lija, espera, o se interroga por qué, por qué no le repiten, como Darío, que la princesa está triste y, no, no Darío, no, no es la tristeza de la princesa, o los meandros cansados de ese decir diamantino, nononó, es, es la monarquía con su corona de lata, es, es el lugar de su trono en compensado de cuarta, que ni madera, ni sándalo, ni redención, sin sus equinos alados, son los de tiro, extenuados, con un carrito, en la noche, noche tras noche trasiegan, ¿no los escucha? el golpeteo de cascos, en el cemento, el golpe-golpe-golpazo, es, ¿es qué hace cuentas como un visir con insomnio? cuenta y re cuenta, ¡qué vien que bamos! los cachivaches maravillosos, la magia negra en etiquetas, diseño, entre las góndolas, en los pasajes climatizados, entre palmeras de plástico (un encantado lector) escucha-escucha, repite: saviñon blanc, maridaje, esmart tiví, repite, embelesado, y, después, después espera, de la princesa, digamos, espera qué, que la devuelvan flotando, entre dragones y rosas, que no esté triste, o al menos, de esa manera, de esa manera tan, tan retorcida, digamos, de, de benzodiacepinas, reposada en basura, envejecida a los treinta, con doce hijos, y, no, no Darío, no es la tristeza de la princesa sino su muerte, a treinta cuotas, por su lado glamoroso qué, ¡qué vien que bamos! por ese lado, es lo que espera (un encantado lector) de una princesa, espera, espera joyas, encajes, biyuterí que le dicen, la magia negra de los lugares comunes, prístinos, claros, espera (un encantado lector) cristal de Viena, sedas de oriente, tejidas con la belleza de la tristeza de la princesa en las maquilas asiáticas, y, no, no Darío, la princesa no está, no está triste, está, está envuelta, envuelta en una lengua de nailon, tela sintética, magia vudú para las horas en que no puede dormir cuando le llega, el golpe-golpe-golpazo, tufo de quemas de algún contenedor de residuos, por su lado glamoroso que, ¡qué vien que bamos! ¿no?, ¿no le parece, Darío? ese jedor de la princesa, amoratada, azul, en morgue pública, y, no, no Darío, la princesa no está, no está triste, digamos, no, está, está catalogada en algún capítulo del DSM V: poesía édita por el trust farmacéutico, digamos, es la tristeza de la princesa, Darío, y, usted (un encantado lector) engualichado con esas puertas giratorias, como opiácidos, reside, su modernista actitud, de lo que espera, reside, en un secreto, como digamos, por ejemplo: la magia negra en el secreto bancario, y el paraíso, también espera, sí, el paraíso, con su misterio, el paraíso, sin un paréntesis que lo encubra: el paraíso es fiscal.





el cuerpo del dolor recorre los baldíos, el cuerpo del animal del cuerpo en las palabras, recorre, de ásperas maneras, la soledad del cuerpo, el habla interrumpida, la zanja de desgaste, imágenes quemadas, distancias insalvables del cuerpo del dolor al cuerpo de la hoja, recorre, paciente, quizás, quizás en su demora, un signo de las crucifixiones, digamos, tachones, tatuajes del animal del cuerpo en las palabras, la merma de futuro, digamos, las dilapidaciones, ¿no? en un capital móvil, angurriento, abstracto en su materia, concreto en el desguace-las fronteras-los no pertenecidos, los dueños más dueños del cuerpo del dolor, digamos, inadvertido lector, quizás, quizás porque no puede, el cuerpo del animal del cuerpo en las palabras, no puede, no, no cabe en su tamaño, el Otro, nada, nada puede, en las palabras propias, no puede recorrerse el cuerpo del dolor, distancias insalvables del cuerpo del dolor al cuerpo de la hoja, paciente, espectador, quizás, quizás en su retraso, un signo equivalente, digamos, del Otro, en un capital móvil, eficiente, la merma de futuro, prebendas en paisaje de ruinas industriales, el cuerpo del dolor en un capital fijo, el Otro, extendido, el cuerpo de la hoja, de ásperas maneras, la soledad del cuerpo, ¿usted aún está aquí? paciente, quizás, quizás imperturbable, ¿lector? inadvertido.







necesitamos, necesitamos más, entender, qué digo, no, entender, no, necesitamos contemplar la zona del desastre, o, mejor, la intersección de la zona del desastre del lado solipsista, improductivo, para preguntarse, digamos, por qué ocurre tal cosa, se queda uno en un autismo anaerobio, de ese lado colindante con la vastedad de bombas de fragmentación, mini litros de toxinas en vertederos urbanos, horas niño de trabajo esclavo, que surcan los horarios en formas intolerables de sólo pretender abarcarles y que, por convención, diremos, dicen, nos hemos hecho credo de esa piara: están afuera, o sea, del lado opuesto del cable, del monitor, del otro lado, de la pared del vecino, de la perimetral, digamos, son res extensa de algún cogito pensante, justo ahí donde, ¿dónde? ¡vaya! no, algo no cierra, esa, digamos, esa predisposición a dolerse y no dolerse, a simular del cuero ajeno lo que del nuestro es la falta, ¿cogito sintiente? digamos sí, pero, hasta dónde, culposo lector, quisiera usted que yo le falluteara pomposamente ser un cuerpo destripado por el buen arte de la palabra, digamos, y no serle, mejor, un boxeandinga, que le marea la cara con las astillas de lo que no puede decirle, así, con una solvencia conmovedora y tácita, de compromiso total, sin decirle: usted también, y yo, hemos sido enajenados, contagiados por un virus, por la misma insuficiencia, por la misma trampa óptica del límite y por el límite en sí, y, no es, no, que le proponga un mapa de las víctimas, de forma sicopática, algún saber que ocultarle para que rompa su rostro contra la frente del texto, así que no, no es este un devenir para gozar como si fuese cobayo de unos excéntricos laboratorios de autoerotismo serial, sino más bien una incontinencia obsesiva de diferir el problema hacia a un problema peor: interrogarse como en un bucle con vida propia si es que ahí hay alguien a quien no le ocurra todos los días igual: que ya no encuentre casi maneras formales para el horror cotidiano y escupa enigmas como en un síntoma que se rige por una ley implacable, depredatoria, con una tasa de ganancia que inevitablemente tenderá a cero, cuanto más emperrada esté en extraer su ganancia, por la misma insuficiencia, por la misma trampa óptica del límite y por el límite en sí.








[1] ¿Qué otra cosa es un fantasma sino lengua de esa tierra en desajuste temporal? 
[2] Rodolfo Fogwill, acerca de la función poética del lenguaje. Fragmento de frase, metáfora del Uruguay, atribuida, según el escritor en calidad de conferencista, al ex mandatario uruguayo José Mujica, en lo que fue su última presentación pública, Conferencia “Ahora hablemos de mí”, Montevideo, Festival eñe América, año 2010. 
[3] El Astillero, Juan Carlos Onetti
[4] Víctor Cunha y Eduardo Darnauchans 
[5] Génesis 1:26
[6] Friedrich Nietzsche, Sämtliche Werke: Kritische Studienausgabe in Bänden  




















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