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miércoles, 21 de marzo de 2018

tarabust






©  Alejandro Durán











El desastre cuida de todo.

Maurice Blanchot.








[…]
Viniera,
viniera un hombre,
viniera un hombre al mundo, hoy, llevando
la luminosa barba de los
patriarcas: debería,
si de este tiempo
hablase, de-
bería
tan sólo balbucir y balbucir continua,
continua-
mente.

Paul Celan por José Ángel Valente



Aquello que está en mi pensamiento me pertenece sólo a mí.
Pero el yo no se pertenece a sí mismo.
El fantasma es la visión involuntaria que obsesiona.
El tarabust es la molécula sonora involuntaria, acechante,
atormentadora, lancinante.

Pascal Quignard







hablo
(digo que hablo)
como si la figura aún completa
pudiera ser gobernada
por la previsibilidad de la escucha.

no los muertos que hablan. No.

los que se detienen a escuchar.

los que se detienen. Quedan
en el vacío
de los escombros de la catástrofe.

como si la figura aún completa
pudiera ser
aún








hablo, concepto, sin cualidad, con los fantasmas hablo, y, no, no les entiendo, no les entiendo lo que me dicen, lo que regresa queda, entre llaves de interrogación, queda, y, sucede, sucede así, de pronto, ha desaparecido todo, todo, fue, sólo, sólo es una visión, un encandilamiento, después, después, preguntas, la suspensión, el chisporroteo de la violencia negra, un fondo de ciudad en donde vuelan papeles, y, otra vez, lector, otra vez, concepto, con los fantasmas, hablo, retorno, afirmo: he visto llamas sobre una carretera, la luz es una luz rural pero después de que la tierra será deshabitada, poderoso el silencio del fuego solar contra la oscurana verde de las pasturas, los salpicados carteles de la publicidad apenas dejan leerse o están partidos al medio, las paredes de eucaliptus interrumpen la continuidad plana de las largas distancias y un rayo de dolor quema el resto de la región del fin del mundo, donde, de pronto, ha desaparecido todo y, sin embargo, hablo, lector, les hablo, o los fantasmas, sin entender lo que me dicen, ofrecen, en ese andar de golpes, fracturas, zanjas insalvables, una jerga tan particular de muertos de un pasado con muertos que vendrán[1]: cierta dádiva de cualidad insolvente.









esperar y, y no, no saber, no saber ¿qué? que llegaría, así, sí, un instante, un instante tan, tan deshecho, tan hijo muerto, entre los brazos, sí, un hijo muerto y, no, no saber, no saber qué, que se suspendería como un deambulatorio, digamos, en parálisis, la maravilla desnuda, desnuda más desnuda, a nuda luz, desnuda, quemada, quemada claridad, luz-nuda-arborescencia, intransigente, el peso de un silencio al pie de una escalera hasta, hasta una mancha, ágil, mancha qué, que fue un sobre, recibo, un recibo, una factura que alguien deslizó por debajo de la puerta, un aleteo y el hambre en los oídos, respiración-menuda-antena, un instante, una geografía de cierta nitidez, con sus desfiguraciones, tartamudas sendas, arenales soles, extensos, casi casi interminables, de seca lucidez.








entre el instante y la eternidad, Uno en Todo, recuerda, recuerda, repite, repite en un último delirio febril, Virgilio, recuerda, escribe Bröch, sobre cierto motivo, repetido, un galope de palabras deformándose en la pared iluminada por las antorchas, cómo, como ese árbol de pájaros de fuego, presión alucinatoria modulada por vocablos, vueltas y volutas de la habitación de un moribundo, escribe Bröch desde una celda, un llamado impertinente que al poeta clásico se le avecina como un mazazo de la muerte, del poder, del arrebato del poder, escribe Bröch, exhausto, a contra pelo, si hay tiempo restante de gritar, de gritar contra el tiempo restante, contra las palancas que lo desatan, su apuesta, contra papeles que deberían sobrevivir sobre otros que se han deseado quemar, como una mano que escribe sobre la mano de lo que ha escrito el afiebrado en la prisión del cuerpo antes, antes de disolverse en la mañana de los diálogos de quienes vienen a verle en agonía y, no, no respetarán, no respetarán aquel último deseo, escribe Bröch sin red, ignorándolo, a puro riesgo, si aquellas horas no correrán la suerte exacta, contraria, con otra muerte en la nuca, entre el instante y la eternidad, Uno en Todo, un deseo, un deseo en simetría inversa.










se podría afirmar que quien no tiene ya más por decir, no tiene absolutamente ningún tipo de vínculo, más o menos cercano, con una voluntad y, digamos, por añadidura, se deja arrumbar en una suerte de interioridad con eco, sin ninguna ligazón visual, teleología convincente, ímpetu hacia nimiedades convencionales: hábitos de higiene, tendencia a los desplazamientos, registro de los mismos, curiosidad o extravagancia y, sí, así, de forma más común de la que a uno le pueda parecer, la ciudad se ve revuelta de una sordidez que asombra, y, no sé, digo: ¿por qué? por qué, digamos, asombra, ¿no? tal cosa: que quien ya no tenga nada por decir olvide o entierre las formas de una perentoria demanda en un conjunto más primario de conductas: matar o perecer pero, pero sin palabras, palabras que alcancen a cierta entidad corporal antes del cuerpo del acto, ni mediación entre el sostén de un relato y el campo de la acción.







la amontonada verdad de los sitios abandonados, los deseos desligados, ya, de algún contexto andante, las formulaciones expresadas en su ensimismamiento, los sólidos murmullos de las mudas familiares, madres, digamos, promesas, hechas añico, reboso, muñeca de loza, imagen registrada sobre un trapo en una feria: botellas vacías, matrículas vehiculares fuera de circulación, ropavejero o conjunto material de mañana con sol en un rincón de cielo que por la noche es fantasma, en la rompiente del río, como mar, el río, el mar de muertos sin moridero fijo, quién sabe qué guijarro, qué playa, por lija del trabajo del agua en la frontera con tierra, ahí, justo, el cristalino de un silencio, ojo fijo, multitud, con tentación perchenta de geografía humana, opaca, indiferente, ahora, ahora sí, lector, llegado acá, sí, si me permite, si me permite vocearle, de igual a igual, salive, sí, el odio, che, por cierta parte donde se es pulcro, se vanguardiza un modelo, un personaje, una farsa, conmutación de dos botones en una máquina de tópicos: monto de impuestos, viajes al exterior en buenas cuotas amortizables, culo ancho con buena inclinación al chivo expiatorio: basura, chapa, orín de vía pública, seguridad ciudadana, barra brava de las hinchadas de fútbol, territorios comanche, planes sociales, fumigación a gritos, palurdez híbrida de Homero/Josef K.: funcionario de la planta nuclear de Springfield a escala de Ministerio Público de una “máquina de pasto”[2], “de una máquina perforadora que podía dar cien golpes por minuto”[3], conmutación de dos botones, secuela urbana de patrimonio por asuntos de cultura con aspectos ignorados de barbarie, lectura tuerta acerca de los denarios que ha sepultado cada héroe nacional en eso que fue dotado a Patria, a excusa, a Leviatán, a metros cuadrados de shopping center por habitante distribuidos equitativamente un día de Black Friday, con laico emblema bobino-religioso, heráldico, y seco, seco como parto de gallina, ligado por una postura territorial de cúbito dorsal a un curso de agua, al oriente, en lo que ES por el NO su afirmación, ausencia, justa, con el motivo justo (estilo -que le dicen) donde se entona al tremolar, al tremolar, a esa altura, de mástil, de relieve penillano, cae, cae, ya cayó, desde otra clase de altura, digamos, de tipo metafísica, en ciertos elementos, afrancesados, alambrados, enrejados como, por ejemplo, balcones, dos terceras partes solteros durante el año, u otros paisajes, iluminados con el agua del mercurio de la niebla sobre extensiones de soja (canturrea un camionero de mandíbula asperjándose (hay un sonido a dentadura (bruxismo))) cómo, como putrefacción al pico de un carancho, pues, de qué otra, de qué otra cosa ser hablante, verbo, res, sino rumiante de un idilio con la muerte, a trompicones inclinándose en la autopsia del cuerpo fracturado entre lo que quiso y el sobrante de esa querencia, pero en molicie, digamos, desajuste y elección en recrear por falta de un modelo o bien ya contaminado o un material de duelo de futuro, cualquiera sea el desastre que nos demos en listar como suerte de discurso, (e)videncia, zureo del tipo en el parque: cartones, perros, chinches, envases plásticos, tutela de Monsieur Ducasse-“nacido de acá”[4], en ciertos temporales sobre la Rambla Sur, con maldición que no presta talla, talla alguna, sin despojar un tono enriquecido, químico, en bocas de tormenta, cañadas entubadas a metros por debajo del suelo, relato histórico de unos cajones de pino a la deriva por un arroyo con cierta inundación, o en brazos maniatados de ciertos chinos encontrados en viejos comunicados, de periódico, en sepia, hasta presente costumbrista de humanos desmembrados en unas bolsas negras, los del fondo, los tubulares del Norte, en fin, los diferentes borrones, inmundicias, tachaduras, terraplenes, en el cadáver cósmico, a engorde, del índice de riesgo país, inversor, etc, etc, etc., sinónimos, sinónimos, florilegios, vanas alegorías deste fluir mercantil en el brotar la lengua: conjunto material de mañana con sol en un rincón de cielo que por el habla es cautivo.







e-e-e-en
la captura masiva de las palabras por parte de los informes diarios, de las transacciones móviles, de los volúmenes máximos, de las listas, las datas, las gráficas del clima, las cargas impositivas, las tasas de embarque, de todos los valores abstractos de todo el campo significante, a quién le hablo ¿yo? en distancia, anonimato, en alelamiento, en riesgo, no, en un fracaso numérico, debajo de los escombros de un derrumbe, un derrumbe adelantado, una imagen de un derrumbe, de un derrumbe, del viento, el ángel, la Historia es trágica, la historia individual es una esquirla de lo que vuela de aquello, no es, no, no es una ley inexorable, es un destino iluminado por la mano de aquel que ve la imagen en el tiempo en una epifanía, detenida, en un momento, Uno, la mano y lo que es ¿esto? el sucesivo derrumbe, la imagen, la imagen derrumbándose, la distancia que cobra no ser presa en ausencia de manada mientras huye por razón lógica que del derrumbe desprende: una imagen de un derrumbe, un ruido, un ruido, un ruido impertinente, una molesta conversación con uno mismo, la vanidad, el fracaso, la alienación de una entidad ficticia por otra.







lo que interfiere en la capacidad de escucha es, es, es el abuso, el abuso indiscriminado, indiscriminado pero, pero tal, tal parece, inevitable, de moldear lo que el hablante dice en una cierta imagen exacta, “conforme a nuestra semejanza”[5], cómo, como digamos, una ilusión, una ilusión caprichosa, un capricho del receptor por un suelo, un suelo estable, un suelo estable y común donde las partes involucradas puedan visibilizar algo como un paisaje reiterado, dígase, por ejemplo: un titular de diario, “no hay hechos, sólo interpretaciones”[6], y, no, no sé, diría, algo, algo cómo, como una mácula necrosa del signo que del escucha cuelga, como un anzuelo, como un anzuelo que remitiera a un único, primer y/o último, fondo, nunca interludio, sólo fondo, sólo máscaras caóticas, superficies hiladas por un continuo hablado, donde el sonido, más que el propio embate de las formas concluyentes, el sonido, agregado entre otras cosas sueltas, golpeadas por un matiz corporal, ayudara más a irrumpir en un lugar inhóspito, más verdadero, digamos, por la tentación de pérdida que por ganancia de algún saber oculto que creemos entender y que nos deja, nos deja, otra vez, otra, llenos de espanto al comprobar qué, que no, no, no había tal, tal capacidad de escucha, definitiva, forastero, lector, verdadera, que no fuese, otra vez, un desconocimiento, digamos, al mismo tiempo, una frontera abierta y una revocación, una expulsión del cuerpo propio en el oído ajeno y viceversa, al fin, una lucha por integrar dos cuestas de un oxímoron, como herida y cicatriz, digamos, en ambas partes de un diálogo.







las partes, las partes extrañas, las partes qué, que no, no condicen, no, no condicen, no condicen con algo, cómo, como esperado, digamos, como esperado, o, no-no, mejor, esperable, digamos, ésas, esas partes, esas hondonadas, y la cuestión en sí, la cuestión de la espera, digamos, la espera misma, la furtiva convicción de que sucederá, algo, algo sucederá y el suspenso, el suspenso que eso provoca, eso, eso que por una instante queda, digamos, por ejemplo, como una noche sin dormir, una noche con los ojos rebosantes de cal del techo, atento el oído, la musculatura, crispada-dura-aglutinante, mientras, mientras acontece, acontece un diálogo, un diálogo, digamos, con esa especie de ente fenoménico que no podemos encauzar más que por palabrerío, mientras, mientras la espera (la espera y lo esperado) se agrupa, se agrupa en variadas figuras, desesperadas-negras-flotantes, en un espacio cercano pero, pero extranjero, digamos, como un terreno intuido que no podemos, no-no, no podemos, no, más que seguir, seguir, por una especie de frustración funámbula, porque la espera (la espera y lo esperado) no tiene objeto, o lo ha perdido, o lo ha desconocido, alguna vez, por vez primera, y entonces va, va y lleva, nos acarrea de orilla a orilla, sin ilación más que musical, a veces, con suerte, con cierta maestría, cómo, cómo, como si existiera un todo, un todo hecho de bólidos aéreos, aéreos y en colapso que aún no ha sucedido más que en ese quiste, en ese quiste de espera, sujeto y objeto, al mismo instante, de escucha y de presagio.







la aridez, la pelambre de la idea concreta, sólida, sin fisuraciones, la parolería involuntaria que se le embuda, cuando le interrumpe el sol, ¿no? digamos, cómo, como por ejemplo, si fuese luz de un sable: le corta en dos, la claridad del quehacer diario, como si un esclavo, el nuestro, de cada uno, arrinconado, de nuestra oscuridad, sale, se pone en pie, barre sus ojos entre los vivos, barre la capa de papel picado de una gran fiesta de ayer, libera su condición de tal en el desnudo del desnudo del desnudo, digamos, ¿no? la gran mentira de las pieles, y se colapsa, colapsa de la dimensión de nudos, frágiles y duros, se paraliza, con las palabras interrumpidas, y, se advierte, atento lector, ahora, entonces, desde el piso: la ciudad brota ciudad, hombres, torres de vidrio, curso de agua con un bucólico pasado de cisnes, un bucólico pasado de cisnes del que habla una guía de viajes a un escaso grupo de turistas, junto al curso de agua aludido, un día de calor, un mal olor y cisnes, sí, diríase, cisnes de plástico, en las orillas, el esplendor de la ciudad que brota de la ciudad brotada se mide en la riqueza por toneladas de basura acumulada, índice de consumo per cápita, índice de ansiedad por cantidad de recetas recibidas en farmacias, índice de suicidios por alguna explicación que no, no será, nunca será muy convincente, ni efectiva, ni fruto podrido de la melancolía, nuestra, sí, arrinconada, insistente en las glicinas y las glorietas que acompañaron la intervención urbana, dice la guía, con una capelina ridícula, bajo el sopor aplastante, entre las masas vehiculares del tráfico.







el cuerpo del amor recorre el de la muerte, el cuerpo del animal del cuerpo en las palabras, recorre, quién sabe qué distancia, black over, desaparece, la habitación ornada es un recurso asfixiante que ejerce un desafío: estar de pie, manos abiertas, al cielo, la distancia del océano parece nada cuando presiente el silencio de las ofrendas a dios nadie, regreso de la mirada febril por el derrumbe, la acatisia, el trastorno, los días de monosílabos, de dar vueltas al espacio, puertas y más puertas y, sí, así, la estela lumínica de cierto cuerpo vivo, de regreso, el cuerpo de las palabras en el cuerpo del amor recorre el de la muerte, sin cortapisas, a cada quién, sabe, el sorbo de estupor, zona indeclinable a uno en donde lo que suena es cero, punto muerto del cuerpo de las palabras, el Otro, lector, soliloquio de tamañas proporciones, en al menos un instante de jornada, la punta negra de la sombra en el exacto mediodía, sólo, esa brisa, fría, el cuerpo del amor, el beso del cuerpo del animal del cuerpo en las palabras, resigna, quién sabe qué distancia, el cuerpo de la muerte, un pie de la belleza en el vientre de su umbral, carne roja, fósforo, grafía, un campo de pintura abstracta, anaranjado, del viento, el ángel, visión de rosa de Hiroshima que no puede, imagen sobre el cuerpo del cuerpo del amor carbonizado en el animal de las palabras, esqueleto, soliloquio de tamañas proporciones, las masacres en HD que no perdonan al cuerpo de las palabras, perforación del cuerpo del amor sin práctica de fe: balística, radiación, cifras de refugiados, esa forma de amontonar sin piedad antes del próximo caído hasta acá, ¿hasta acá? ¿cuantía? repare, una primera cantidad, disruptiva, hasta acá, en su cabeza, donde el cuerpo de la muerte retoce a sus anchas, entre sus sienes, soliloquio de tamañas proporciones.







¿y ahí qué esperan? quizás, quizás un vagaroso frú frú, azul de Prusia, las golondrinas, quizás, por ejemplo, usted, usted (un encantado lector) espera, espera un habla, domesticada, sin barrizal, sin su contienda de lija, espera, o se interroga por qué, por qué no le repiten, como Darío, que la princesa está triste y, no, no Darío, no, no es la tristeza de la princesa, o los meandros cansados de ese decir diamantino, nononó, es, es la monarquía con su corona de lata, es, es el lugar de su trono en compensado de cuarta, que ni madera, ni sándalo, ni redención, sin sus equinos alados, son los de tiro, extenuados, con un carrito, en la noche, noche tras noche trasiegan, ¿no los escucha? el golpeteo de cascos, en el cemento, el golpe-golpe-golpazo, es, ¿es qué hace cuentas como un visir con insomnio? cuenta y re cuenta, ¡qué vien que bamos! los cachivaches maravillosos, la magia negra en etiquetas, diseño, entre las góndolas, en los pasajes climatizados, entre palmeras de plástico (un encantado lector) escucha-escucha, repite: saviñon blanc, maridaje, esmart tiví, repite, embelesado, y, después, después espera, de la princesa, digamos, espera qué, que la devuelvan flotando, entre dragones y rosas, que no esté triste, o al menos, de esa manera, de esa manera tan, tan retorcida, digamos, de, de benzodiacepinas, reposada en basura, envejecida a los treinta, con doce hijos, y, no, no Darío, no es la tristeza de la princesa sino su muerte, a treinta cuotas, por su lado glamoroso qué, ¡qué vien que bamos! por ese lado, es lo que espera (un encantado lector) de una princesa, espera, espera joyas, encajes, biyuterí que le dicen, la magia negra de los lugares comunes, prístinos, claros, espera (un encantado lector) cristal de Viena, sedas de oriente, tejidas con la belleza de la tristeza de la princesa en las maquilas asiáticas, y, no, no Darío, la princesa no está, no está triste, está, está envuelta, envuelta en una lengua de nailon, tela sintética, magia vudú para las horas en que no puede dormir cuando le llega, el golpe-golpe-golpazo, tufo de quemas de algún contenedor de residuos, por su lado glamoroso que, ¡qué vien que bamos! ¿no?, ¿no le parece, Darío? ese jedor de la princesa, amoratada, azul, en morgue pública, y, no, no Darío, la princesa no está, no está triste, digamos, no, está, está catalogada en algún capítulo del DSM V: poesía édita por el trust farmacéutico, digamos, es la tristeza de la princesa, Darío, y, usted (un encantado lector) engualichado con esas puertas giratorias, como opiácidos, reside, su modernista actitud, de lo que espera, reside, en un secreto, como digamos, por ejemplo: la magia negra en el secreto bancario, y el paraíso, también espera, sí, el paraíso, con su misterio, el paraíso, sin un paréntesis que lo encubra: el paraíso es fiscal.





el cuerpo del dolor recorre los baldíos, el cuerpo del animal del cuerpo en las palabras, recorre, de ásperas maneras, la soledad del cuerpo, el habla interrumpida, la zanja de desgaste, imágenes quemadas, distancias insalvables del cuerpo del dolor al cuerpo de la hoja, recorre, paciente, quizás, quizás en su demora, un signo de las crucifixiones, digamos, tachones, tatuajes del animal del cuerpo en las palabras, la merma de futuro, digamos, las dilapidaciones, ¿no? en un capital móvil, angurriento, abstracto en su materia, concreto en el desguace-las fronteras-los no pertenecidos, los dueños más dueños del cuerpo del dolor, digamos, inadvertido lector, quizás, quizás porque no puede, el cuerpo del animal del cuerpo en las palabras, no puede, no, no cabe en su tamaño, el Otro, nada, nada puede, en las palabras propias, no puede recorrerse el cuerpo del dolor, distancias insalvables del cuerpo del dolor al cuerpo de la hoja, paciente, espectador, quizás, quizás en su retraso, un signo equivalente, digamos, del Otro, en un capital móvil, eficiente, la merma de futuro, prebendas en paisaje de ruinas industriales, el cuerpo del dolor en un capital fijo, el Otro, extendido, el cuerpo de la hoja, de ásperas maneras, la soledad del cuerpo, ¿usted aún está aquí? paciente, quizás, quizás imperturbable, ¿lector? inadvertido.







necesitamos, necesitamos más, entender, qué digo, no, entender, no, necesitamos contemplar la zona del desastre, o, mejor, la intersección de la zona del desastre del lado solipsista, improductivo, para preguntarse, digamos, por qué ocurre tal cosa, se queda uno en un autismo anaerobio, de ese lado colindante con la vastedad de bombas de fragmentación, mini litros de toxinas en vertederos urbanos, horas niño de trabajo esclavo, que surcan los horarios en formas intolerables de sólo pretender abarcarles y que, por convención, diremos, dicen, nos hemos hecho credo de esa piara: están afuera, o sea, del lado opuesto del cable, del monitor, del otro lado, de la pared del vecino, de la perimetral, digamos, son res extensa de algún cogito pensante, justo ahí donde, ¿dónde? ¡vaya! no, algo no cierra, esa, digamos, esa predisposición a dolerse y no dolerse, a simular del cuero ajeno lo que del nuestro es la falta, ¿cogito sintiente? digamos sí, pero, hasta dónde, culposo lector, quisiera usted que yo le falluteara pomposamente ser un cuerpo destripado por el buen arte de la palabra, digamos, y no serle, mejor, un boxeandinga, que le marea la cara con las astillas de lo que no puede decirle, así, con una solvencia conmovedora y tácita, de compromiso total, sin decirle: usted también, y yo, hemos sido enajenados, contagiados por un virus, por la misma insuficiencia, por la misma trampa óptica del límite y por el límite en sí, y, no es, no, que le proponga un mapa de las víctimas, de forma sicopática, algún saber que ocultarle para que rompa su rostro contra la frente del texto, así que no, no es este un devenir para gozar como si fuese cobayo de unos excéntricos laboratorios de autoerotismo serial, sino más bien una incontinencia obsesiva de diferir el problema hacia a un problema peor: interrogarse como en un bucle con vida propia si es que ahí hay alguien a quien no le ocurra todos los días igual: que ya no encuentre casi maneras formales para el horror cotidiano y escupa enigmas como en un síntoma que se rige por una ley implacable, depredatoria, con una tasa de ganancia que inevitablemente tenderá a cero, cuanto más emperrada esté en extraer su ganancia, por la misma insuficiencia, por la misma trampa óptica del límite y por el límite en sí.








[1] ¿Qué otra cosa es un fantasma sino lengua de esa tierra en desajuste temporal? 
[2] Rodolfo Fogwill, acerca de la función poética del lenguaje. Fragmento de frase, metáfora del Uruguay, atribuida, según el escritor en calidad de conferencista, al ex mandatario uruguayo José Mujica, en lo que fue su última presentación pública, Conferencia “Ahora hablemos de mí”, Montevideo, Festival eñe América, año 2010. 
[3] El Astillero, Juan Carlos Onetti
[4] Víctor Cunha y Eduardo Darnauchans 
[5] Génesis 1:26
[6] Friedrich Nietzsche, Sämtliche Werke: Kritische Studienausgabe in Bänden  




















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domingo, 5 de marzo de 2017

fragmentos de "Vida secreta" de Pascal Quignard

© Leda Siloto









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En el universo todo se estira, se polariza.  Todo se dilata en el cielo o en el mundo. Esta expansión del secreto sobre el cuerpo que se oculta, esta expansión y este acotamiento, este océano que se extiende y esta insularización que se concentra en la intimidad extrema creaban una profundidad que los dos compartíamos más aún porque no la compartíamos con nadie más.


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Uno siempre se sorprende al descubrir hasta qué punto pueden estar desunidas la pasión amorosa y las audacias del abrazo. Pero hay un motivo: no provienen del mismo mundo. Y no penetran en una misma oscuridad. A veces los dos mundos forman uno, pero sólo por puro azar. Si se encuentran es casi en contra de su propia naturaleza y de su innegable intensidad. Y a decir verdad no es que se encuentren: coinciden. Es como un accidente: el encuentro de un árbol y un coche rojo. Es imprevisible en la medida en que no hay manera de organizarlo de antemano. 


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Las imágenes no están hechas para la luz.
Todo sueño lo sabe y cada noche lo demuestra.
Las imágenes son lucífagas y Némie me había enseñado a interpretar con los ojos cerrados, sin empezar a tocar la partitura hasta haberla percibido un instante como una sola figura.
Imagen sinóptica que debía asumirse en completo silencio antes de empezar a tocar.


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A sus ojos, nuestro amor -aunque ya no comparto esa manera de concebir el amor- se confundía con nuestro punto de silencio.
Ese punto de silencio se confunde con el punto ciego social.
Para amarnos, teníamos que estar decididos a callarnos. Entonces seríamos el grupo antitodos. Para ella, eso eran los amantes: todo el resto del mundo debía quedar excluido; esa exclusión nos uniría más; lograría nuestra eterna fidelidad. Cuánto más lo pienso -y estas investigaciones sobre el amor que le tenía a Némie sólo en ese esfuerzo, ese alfo que pesa, que me angustia todavía, cada vez más, a medida que avanzo-, mejor recuerdo que ella pensaba exactamente así, pero que se equivocaba al hacer que el amor se apoyase en la exclusión de todos los demás; la exclusión de todos los demás sólo definía el secreto. 
Nos alojábamos en el mismo hostal silencioso, con la enseña de la alcoba prohibida.
Yo me ocultaba en ella como un ladrón.



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Los enamorados, los amantes, los esposos no designan a los mismos seres humanos. El amor se opone a la vez a la sexualidad y al matrimonio. El amor se asemeja al robo y no al intercambio social.
Lo que ocurre es que, desde la noche de los tiempos, quien se enamora designa a la mujer o al hombre que se sustrae al intercambio que los suyos, los aliados y el grupo le han preparado desde hace mucho tiempo. Los cuentos oponen de forma bastante similar tanto el amor al matrimonio como la huida a la alianza. El amor siempre se define en los cuentos antiguos a partir de tres características: una gemelidad incomprensible (dos extraños descubren un entendimiento casi incestuoso), el flechazo (la fascinación súbita, no preparada, silenciosa, no mediatizada), y finalmente la muerte voluntaria u homicidio o el crimen pasional que acaba con el amor o maldice a los amantes. Esta cualidad asocial que marca el amor, que, o arrebata de golpe tanto a la conyugalidad como a los acostumbrados lazos sociales, se traduce en las historias antiguas del siguiente modo: estar desgreñado, estar completamente desnudo, no tener casa, vivir de aire y de agua fresca, comer alimentos crudos, convertirse en pájaro.


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Todavía me digo: "No sé lo que ella sentía. No sé cuál era su verdadera naturaleza. Sé que no la poseí, porque al poseer a una mujer no se posee nada. No se penetra en nada al penetrar a una mujer. Sé que no la abarqué al abrazarla. Pero la amaba"


*

Empezamos a contener las preguntas para ser fieles a nuestro modo de vida. Nada más doloroso que esas frases formadas, que uno tiene ganas de decir y que debe dejar disolverse en su fuero interno, aunque su expresión es la única forma conocida de deshacerse de ellas. Yo conseguí poco a poco hacerlas vacilar dentro de mí, tomarlas a broma para perderlas. Cuando no lo lograba, las escribía y luego rompía su endeble soporte. Tenía que ganarle por la mano a ese lenguaje más fuerte que el alma, a toda costa. También llevé un diario. No lo he conservado. La violencia y la estupidez del ejército pasaron por encima de todo ello y ya no sé qué destino tuvieron esas páginas de desahogo.
Negándonos a explicarnos, tal vez evitábamos caer en las redes que despliega el lenguaje, en sus reglas del juego codificadas, pueriles, escolares, agonísticas, retóricas, autoritarias, demostrativas. Así nos libraríamos de la trampa donde la relación de fuerzas de los saberes y la guerra de posición de las edades prevalecían, imperceptiblemente, sobre la transmisión de la emoción, es decir sobre la influencia directa de la sensación del pensamiento.


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Todo lo que venía a los labios debía perecer. Al abrir la boca habríamos perdido el hálito del alma. Incluso la conciencia tenía que desocuparse un poco de todo. Ya no era una reserva de rencores ni, sobre todo, un depósito de armas.
Poco a poco, percibimos cosas que no tenían nombre.
Más exactamente, cosas que no correspondían a nombres.Todo lo que era ajeno al lenguaje, todo lo que era áspero, sin refinar, indivisible, tenaz, sólido, imperceptible, nos abordaba, se acrecentaba. En el silencio, los olores eran mucho más numerosos. Se aglomeraban resplandores nunca vistos, colores nuevos.
Nuestros cuerpos se resistieron muy deprisa, con una sutileza y una rapidez que sin duda la mente de quienes viven hablando a todas horas no podrán imaginar.
Ser ajeno al lenguaje descubría algo. Dragaba algo. Aunque sólo fuera la extrañeza de todo, como un nuevo sentido. Como un tacto mudo y conmovedor.
No entender nada de nada es un órgano maravilloso.


*

Los amantes están aislados del mundo y deben vivir como lo que queda de un pueblo primitivo que el tiempo mismo ha perdido. Los amantes deben vivir desamparados por el amor que se tienen, mucho más en el tiempo que en el espacio. De igual modo que fue mucho antes de la historia, en el tiempo puro, o al menos en el instante aún sustraído al tiempo, cuando la genitalidad se extravió al posarse en sus cuerpos.
Entonces, en ese tiempo sin conciencia, los primeros hombres la experimentaron mucho antes de percibirla.


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 ¿Quién escapa a la desgracia de una palabra de más?


*

El silencio es como un trapo húmedo: quita el polvo sin hacerlo volar.
La superficie de la estantería negra brillaba en su silencio.
La superficie del espejo resplandece, sus ojos se agrandan, la piel de su torso bebe la luz, todo espera. 




*


Al principio fue un juego de inhibición psíquica, un juego de estupor sexual. Que se inclinó hacia la mística sin que nunca nos atreviéramos a insinuar una palabra tan pretenciosa. ¿Por qué se habrá vuelto tan incómoda esa palabra? En griego, mystikos, ese pequeño adjetivo, quiere decir silencioso. No tienen un matiz mucho más profundo que la palabra latina infans, igualmente sencilla, y conmovedora.
El silencio dejó de ser un "callarse". Se convirtió en una jerga de sensaciones y signos que conseguían traspasar la piel gracias a la complicidad del silencio.




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Tener alma quiere decir tener un secreto.
Corolario. Poca gente tiene alma.


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El amor y el secreto del otro son lo mismo. El amor al borde de la desnudez es como el secreto: se halla al borde de la desnudez.


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El pensamiento y el amor están ligados al secreto. Es el fuero interno, lo privado. Es lo no colectivo, lo no público.
El secreto es más antiguo que el hombre. Muchos son los animales que buscan un escondite cuando presienten la muerte. La muerte inventa en ellos el secreto. Y la tumba. Y también la soledad. Cierto que la muerte es la primera prueba del alejamiento. La distancia llama a la distancia. La muerte es la máxima distancia del grupo; la soledad y el secreto (el depósito de desnudez en los seres humanos) sólo son modalidades más exiguas.


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Tertuliano decía: Incluso en el paraíso hay que disimular. La primera mujer, en el Edén, tendría que haber guardado su secreto. Incluso Dios lo guarda: a nuestros ojos, es inescrutable. Es impenetrable en sus designios. Es eternamente silencioso.
Eva tendría que haber callado. Ésta era la tesis a la que volvía una y otra vez el teólogo cismático de Cártago.
Tendría que haber guardado en su corazón lo que la serpiente le había susurrado a la sombra del árbol. No tendría que haber manifestado su deseo a Adán, ni comunicar el tenor del mensaje, ni tan siquiera en cuenta su existencia.
No entiendo bien por qué el argumento de Tertuliano no ha tenido la menor posteridad.
Este argumento tiene una fuerza perturbadora que se transmite a quien lo lee por primera vez, hasta el punto de dejarlo desamparado. Dios muere en este argumento. (Dios, el Verbo, el lenguaje, el texto revelado, todo el cristianismo muere en él.)


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El secreto no es escapar a lo sexual-mortal, sino a lo verbal-social.
El alma es un secreto en todas partes. Lo que muestra es un cuerpo. Lo que se encubre es un alma. Un hombre que dice su nombre secreto ya no tiene alma.
La lengua entraña la posibilidad de callarse, de negarse a expresar.
La entraña a guisa de corazón.
Al igual que la humanidad entraña la castidad como un enigma dentro de su propia naturaleza animal y como un desafío a las condiciones de reproducción. Al igual que la pintura entraña lo irrepresentable.


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El amor es la relación sin piedad. Nada lo satisface. No puede esperar paz alguna. Y si es así no es por culpa del amor ni es responsabilidad de uno de los dos miembros de la pareja que el amor unce y a la vez exilia, que instala la pared en el otro (tras la piel del otro) a la que siempre hace caso omiso, que encaja y mata.
Lo que no puede ser tratado ni conciliado ni superado ni trascendido es la diferencia sexual que se halla en el origen de cada ser humano.
Que es pura.
Que es absoluta.
Esa diferencia es lo incomprensible, lo incesante, lo inherente, la reproductora, la proliferante, la coriácea, la no estacional, la obsesionante.
Lo ineluctable de las relaciones sexuales es que son ambivalentes. No están vinculadas a la desnudez, sino al desnudamiento. Pureza animal contaminada por lo que llamamos asco humano o pudor. No hacia la desnudez, sino hacia el desnudamiento humano. El odio al amor está en el amor como su conciencia. Y la conciencia le resulta tan útil como las plumas a los peces.


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Nunca hay una auténtica ruptura.
Los hombres y las mujeres ocultan de buena gana este aspecto.
El amor -la extraña comunicación  por la que se ponen en contacto dos sensibilidades- subsiste tras las rupturas e incluso tras los duelos. No es el amor que huye. Es uno de sus cuerpos lo que se aleja de un intercambio que está directamente emparentado con la muerte, porque es inherente a la reproducción; y la reproducción es esa inmortalidad extraña, ese retrato tan parecido, horrible, vivo que pasa por la muerte de aquellos cuyos rasgos fueron copiados durante la escena que quien resulta de ese acto nunca podrá ver. Quien resulta de ese acto no puede borrar la huella que lleva en el rostro, en la forma de las manos, en el color de los ojos.
Aunque sólo sea en la máscara que adopta o cree elegir.


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Todo hombre o toda mujer que renuncia a su deseo rechaza su propio abandono.
Su nacimiento.
Es decir, el abismo que es el verdadero núcleo.
Este abismo es el que se abre a los pies del saltador de Paestum cuando llega al límite del promontorio que se alza sobre el mar.



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Somos nosotros quienes traicionamos la región misteriosa. Pero el otro mundo es inolvidable, porque precede al nacimiento mismo. No vimos la escena que nos formó. No la vemos, continuamente. Esta imagen que nos falta nos obsesiona. La imaginamos hasta que logramos reproducirla. Todos somos misteriosos. Y lo seríamos más si estuviésemos menos recargados: cómicamente revestidos, ordenados, asalariados, divididos, compuestos, locuaces, trabados. La región misteriosa donde se confunde: desde la rotación de la Tierra al tiempo, al ciclo de las estaciones, a la reproducción sexuada, a la muerte que cerca a los seres para rejuvenecer y resucitar, a los astros que distribuyen el retorno a los solsticios, desde la gravedad de las piedras a los cantos y las alas de los pájaros, desde el silencio y la espera de los peces en el fondo de los lagos oscuros al brote de las hojas en el aire, desde la luz solar a la noche estelar.
Pero todos viviremos la confusión, la inmensidad, su explosión, su expansión.





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Hay una mirada a la que no podemos resistirnos.
Una mirada que existía incluso antes de la humanidad.
A partir de esa mirada, los cuerpos encajan como las presas en la mandíbulas de los carnívoros.


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La fascinación hipnotiza y paraliza a la víctima en su forma durante el tiempo necesario para darle muerte (para devorar su figura). Es una automutilación de la "gran forma" (compuesta por las dos morfologías petrificadas que se miran mutuamente, inmóviles, en el transcurso de la fascinación, o que se abrazan durante la cópula). Es una automutilación de la relación fascinante-fascinado (que linda con el engullimiento del paramecio): la relación se devora los ojos comiéndose a sí misma.
El fascinado es una pieza que de pronto encaja exactamente en el rompecabezas especular del rostro imprevisible y esperado, de la forma soberana del acecho. La forma al acecho es como una cerradura; la forma mas pequeña, que es la víctima, se hunde en ella como la llave que la abre.
Es la primera característica del amor.
Al igual que la pequeña boa contrita (la rata) se convierte en la gran rata constrictor (la boa) que su forma petrificada imitaba (ha sido devorada), de la misma forma que la pieza suelta del rompecabezas pierde su forma desconcertante en el momento en que encuentra la escotadura, el país, la casa, las fauces, la dentadura, al frontera escarpada que la espera, al igual que el galo se convierte en romano, que el franco se hace galorromano o que, en China, el ghyana se transforma en ch'an y que en Japon el ch'am se convierte en zen, etc., todo ser fascinado padece su semejanza.


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El fascinado es un ojo que hace al que ve convertirse en lo visto a fuerza de mirar el ojo que, frente a él, lo mira fijamente: el fascinado es un momento extático ante la forma autoritaria (ante la preforma filogenética) que lo domina.
En la gran despensa del universo, la vida derrocha, prueba formas vivas que se devoran simétricamente. 


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Las dos escenas. Hay dos escenas invisibles para cualquier mujer o cualquier hombre: la primitiva y la última. Son las dos escenas sin presencia. (Son las dos escenas de lo que es irrepresentable para cada individuo presente, es decir, con vida.) 
La escena que quien esta presente nunca ha visto es la escena primitiva (la concepción de nuestro cuerpo, las condiciones del deseo que la presidió, la posición elegida, la identidad del hombre que cubre el cuerpo de la madre, etc.) 
La escena que quien esta presente nunca verá es la del enfrentamiento con la muerte, la escena última (las circunstancias de la parada del pulso cardíaco que se inició en el feto, y las de la asfixia del ritmo pulmonar que invadió con un alarido al recién nacido, mezclándolo al lenguaje). 
Si lo decimos en latín, estas imágenes son las Espantosas. 
Si lo traducimos a palabras griegas, estas escenas son las Fóbicas. 
Sin embargo, atormentan como tales tanto la visión voluntaria como el espectáculo involuntario de los sueños. La memoria del pasado, la imaginación del futuro se confunden en su revulsiva carencia. Tocar estas dos escenas que son los extremos de nuestra singularidad es tan desagradable y tan íntimo como tocar la desnudez viscosa de nuestros ojos sin que el párpado se cierre.


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La regresión imposible y la fascinación son inherentes.
Salvo en un caso: en el sueño. Cuando sueña, el durmiente sufre regresiones (imagines colocadas en el pequeño armario del atrio, es decir, bustos de antepasados muertos surgiendo al fondo de los ojos cerrados) al mismo tiempo que su visión mental erige el fascinus.
En el sueño, la representación humana lingüística, codificada e ilustrada vuelve a su material de imágenes: el sueño (no la vista) es la fascinación óptica en estado puro.
Entonces el ojo regresa hacia su imagen, donde el cuerpo cae, mientras que a causa de esta caída se yergue el deseo mamífero. En el transcurso del sueño, volviendo a recorrer el circuito del pasado (el recorrido por el que el ser vivo ha pasado), el hombre vuelve a ser carroñero ante su carroña (la forma descompuesta). Es el secreto de la escena pintada en el fondo del pozo de Lascaux y que unos niños descubrieron a comienzos de la Segunda Guerra Mundial encima de Montignac.
El ratón ante el gato, el pájaro ante el milano están en estado de sueño (en la no-motilidad propia del sueño; esta no-motilidad es la huida impedida, es lo irregrediente).


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La alerta acalla el lenguaje y suspende el movimiento.
Sin duda es el origen vital del tabú del lenguaje en el amor.
De pronto, los cazadores dejan de hablar y preparan la muerte activa que va a saltar en su interior.
Más allá de la sexualidad, el silencio de los depredadores (el silencio del buitre) anticipa el origen del tabú del lenguaje colectivo en la relación radicalmente asocial que define el verdadero amor.
El verdadero amor es la relación no preparada, no negociada. Es la irresistible comunicación entre dos individuos que hace caso omiso de todos los consejos familiares y de todas las mediaciones sociales, cuando no las contraviene de manera provocadora. (Como la crecida del río, en el interior del desbordamiento, cuando la orilla todavía tiene un sentido, todavía ofrece una apariencia a la mirada, es decir, tiende a la mano una última discontinuidad.)


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Sea cual sea la forma en que consideremos lo que los antiguos romanos llamaron fascinación, es inútil buscar las palabras, bárbaras o no, para domesticar la imagen, para velarla, para amansar lo visible en silenciosa alerta antes de la depredación. El argumento que debo presentar es simple: la imagen es muchísimo mas antigua que las palabras. La depredación es muchísimo mas antigua que la especie humana. Ni siquiera las imágenes de los sueños son características de los hombres. Los pájaros sueñan.
Otros mamíferos sueñan. 
Los hombres sueñan noventa minutos al día y los tigres, como los gatos, doscientos. 


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Fascinus repentino: nos damos de bruces con la puesta en escena que hace de nosotros su elemento. "De bruces" expresa bien el carácter frontal y coalescente de la fascinación de las verdaderas imágenes. Toda juntura fascinante hace que nos encaremos con ella. Ojo contra ojo, nariz contra nariz, diente contra diente, boca contra boca, sexo contra sexo, poco importan los atributos del cuerpo (cuerno contra cuerno) que se polarizan o que se aparejan: el abismo donde caemos es la situación frontal. 
Es el toro –o el bisonte– que se da la vuelta ante el trapo rojo –o el lancero– y lo encara. 
(No se puede estar fascinado lateralmente: de ahí proviene la larga evolución de la obsesión supersticiosa propia de la pintura al fresco de los grecorromanos, que desembocó en el ícono.) 
Hay que aceptar esta serie de equivalencias: la imagen que nos devora: la posición del misionero: la depredación fauces contra fauces. 
La fascinación animal siempre es un primer plano que se convierte de un salto en la forma entera, de pie. 
O en un niño.


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Con lo que llamaba cristalización, Stendhal daba a entender un proceso que también inmovilizaba el cuerpo y llenaba el alma de estupor. La fascinación animal es una confianza absoluta, hasta la muerte. Stendhal resumía la belleza del cuerpo cristalizado en esta pregunta ciertamente extraña: ¿como llegamos a dotar al ser amado de atractivos que no tiene? 
La fascinación revela un mecanismo mas amplio y mas implacable. Pero el análisis sigue siendo el mismo que revelo Stendhal: el amor es como una fiebre del pasado. Esta fascinación se deriva de la precedente. En el amor, lo que acecha es todo el pasado. No es posible tener fiebre voluntariamente. La trama de la situación actual y el rostro de la escena antigua entran de pronto en contacto, provocan un cortocircuito en el alma, abrazan el cuerpo. 
La intimidad ya esta totalmente presente en el flechazo. 
Sin que sea posible, en sentido estricto, que la fascinación en el amor cause una disyunción. 
El disyuntor esta del lado de lo social o de lo verbal. 
Los cuerpos animales, atómicos, no tienen esa posibilidad de sustraer su circuito imaginario a la fulguración. 
El flechazo en la naturaleza mata a los asaetados y los desviste. 
Lo mismo ocurre a los amantes. Es paradójico. Los placeres sólo dependen de los sentidos mediante recuerdos de los que la memoria no dispone. Toda profundidad ha sido preparada de antemano. Todo ser humano espera al animal que le acecha en la selva que él mismo ha sido.



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El pasado ataca. El tiempo pasado muerde el presente como si fuera su presa. Cuando el pasado ataca, los Modernos lo llaman angustia, pero la angustia sólo describe la tonalidad de la escena y no evoca en absoluto la acción que se desarrolla en ella. 
En este caso, podríamos llamar al flechazo angor, angustia, y no seria erróneo. 
La fulguración (el flechazo), la angustia, la fascinación, el sueño son originalmente lo mismo (ni imagen ni signo todavía). 
En latín, fulgura no solo designa los relámpagos y el rayo que se derrama en ellos y cae del cielo; también designa los objetos sagrados, los objetos fanáticos, los objetos intocables. 
En Roma, cualquier objeto fulminado por el rayo era algo aparte, sagrado, secreto, oculto, venerado, inhumado, como un antepasado. 
Como un amante.


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¿Que fascinó a los primeros hombres? 
Fulgur. El rayo que desgarra el cielo oscurecido o nocturno. En nuestros días, las tormentas siguen aturdiendo el cuerpo de los hombres. La lluvia los sosiega al igual que un orgasmo sacia sus cuerpos tensos o al menos atormentados y devuelve la serenidad a sus almas. 
El relámpago es la imagen nocturna en la que toda tormenta se envuelve. Como el fogonazo de placer detrás de los ojos en el momento de la emisión voluptuosa. El jadeo sonoro que la acompaña es involuntario: es su trueno. 
Cuando la fulguración visita el cielo, atraviesa el lugar y trastorna a su testigo o a su víctima, la precede una inmovilidad mayor que tensa todo el espacio antes de desgarrarlo, antes de que el agua brote, se extienda por todo el lugar, sobre el testigo, el instante, y los inunde. 


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Sicut oculi servorum... 
Al igual que los ojos de los esclavos están atentos a los gestos de su amo, así vivimos. Así amamos. Así leemos. Así tocamos música. Nunca salimos del país de Egipto.


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El amor es una forma de inteligencia (de hambre en los labios, de viaje en la mirada) a la que sólo le concierne la alteridad del otro. Es un modo de conocimiento cuya primera característica consiste en que su clarividencia está en contradicción con el lenguaje. La lengua constituida, nacional, aprendida (aprendida tras haber sido leída en los labios maternos) siempre esta en una posición anacrónica respecto a la armonía de más antigua influencia: porque, a diferencia de la concupiscencia, es esta armonía lo que el amor despierta.


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La pasión es el apego involuntario e irresistible a la proximidad de otro cuerpo distinto al nuestro. Este apego mudo y súbito suscita acciones que exaltan el alma –o que incluso la enloquecen– y que ponen en peligro la situación familiar, conyugal o social. 
La pasión, al contrario que el deseo (el deseo que es lo contrario de la passio, que es impaciente) es, a mis ojos, forzosamente desinteresada, porque despierta un estado en el que la identidad aún no estaba construida. O, mas bien, el amor "no es interesado": todo su interés es la proximidad respecto al otro. Esta proximidad no es apropiación dentro de sí, porque se suena como incorporación al cuerpo del otro, en la alteridad de la que provenimos. Puesto que se sueña como una fusión, poco frecuente y casi imposible (salvo en los casos de devoración), o al menos, una confusión, de ello se deduce que 
1. El amor va en contra de sus intereses. 
2. El amor desafía los intereses de la sociedad. 
3.Todos los actos irreprimibles que engendra tienen un carácter de expansión, de desinterés. De belleza. De júbilo, es decir, de desbordamiento. De contraste con todos los demás comportamientos humanos socializados. Estos perturbadores acting out, estas conmovedoras estupefacciones, estas perversiones distantes, estas manías obsesivas, estas audacias que desprecian cualquier seducción suscitan desde el alba del lenguaje relatos con los que la sociedad se consuela y se venga (o, a posteriori, se arrepiente). La sociedad siempre se arrepiente de sus malas acciones cuando ya no tiene que temer las consecuencias de su arrepentimiento.



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En el amor, el ser que nos es más cercano no está cerca. Está más lejos que nadie. Tan lejos como la escena inalcanzable cuyo producto (lo reproducido) somos. Es antiquísimo. 
Es el Antiguo entre las piernas. 
Más lejano todavía es lo que sentimos, y aun mas lejano está la otra desnudez, la desnudez que descubrimos en el otro la primera vez que lo desnudamos.


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Hay movimientos a los que nos resistimos violentamente, pero cuya influencia es tan poderosa que nos empujan con brusquedad a situaciones que no nos atraen. Cedemos a nuestro pesar. Cedemos como cedería un dique. Nuestros astros más antiguos nos siguen atrayendo hacia sus órbitas apasionadas. Esos astros son nuestros palacios odiosos.
Los romanos llamaban sidera a estos astros. Los oponían a las estrellas (stellae) como grupos de stellae que formaban imágenes, "constelaciones", una serie de signos que se siguen, que sobrevienen y luego se retiran del fondo nocturno en el transcurso del invierno: un rinoceronte, un cazador, un bisonte, las Pléyades. Estas cuatro sidera eran los astros que culminaban a finales de invierno y que anunciaban sobre el fondo negro de la bóveda celeste la inminencia de la primavera, el retorno de las crías, los brotes y los colores, el renacimiento del Primus tempus, la inmanencia de la caza en cuanto nacían las camadas vivíparas.


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Estos astros, que nos observaban en el momento de nuestro nacimiento, sideran el tiempo de los hombres y prescriben las alegrías, los partos, los sacrificios de las primicias y de los recién nacidos, las recolecciones de los frutos, las depredaciones renovadas, los ritos que garantizan el retorno anual (la supervivencia anual) de todas las cosas. 
Estos astros sideran a los animales, sus cópulas, el recorrido del sol, las lluvias, los brotes, las flores, los frutos, a nosotros. 


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Capere es el verbo de los cazadores. El amor cautiva, la influencia capta, la lengua captura, la dependencia familiar acapara como los labios y las miradas de la madre acaparan los labios y la mirada del niño, lo alimentan y al fin el curioso alimento llamado lenguaje se introduce también en sus bocas y pasa de unos labios a otros porque no podemos pasarnos todo el día devorando.


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Nadie se libra para siempre del océano de su propia pasión.  



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Los amantes están sometidos, más que a cualquier signo, a los símbolos (a ese error que confunde la diferencia sexual y el lenguaje humano). Los amantes se creen los elementos de un lenguaje inefable, ultrasingular; creen formar un nombre propio presocial, inaudible para la sociedad inmediata (la familia, el entorno, el vecindario). Imbrican lo que les sirve para reproducirse y dialogar. El amante y la amante deberían transformarse en ese nombre (sustituido, en las sociedades recientes, por la frecuente necesidad de sacrificar el patronímico para cambiarlo por el patronímico social del amado), un nombre propio e inaudito cuya función sería comparable a la de un interruptor que detuviera el lenguaje.


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El abrazo sólo puede aferrarse a una letra. El alma no tenía en sí misma littera donde aferrarse. El fondo de los ojos, fascinados por el sueño que la visión y el lenguaje reflejan en el espacio que sus presencias distienden en el cerebro, no tenía literatura donde volver a representar, en silencio, la inscripción debida a la impronta. Es decir, sus nombres divinos. Es decir, sus sidera.
De ahí viene la lectura.


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Todo amor verdadero está habitado por algo más antiguo que la época en la que surge. Además, así es como se descubre: lo que está en otra parte aparece aquí, lo que está lejos aflora a todas horas, no hay instante presente que no atraiga hacia sí continuamente el pasado, el de la separación, la pérdida de la noche, la pérdida de la fusión que nos ha precedido y que nos llama de lejos en la fascinación (que no es más que una fusión de hecho).


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Desear es un verbo incomprensible. No es ver. Es buscar. Es lamentar la ausencia, confiar, soñar, esperar.
Siderare y desiderare: presión y depresión. La savia sube y se retira (como fluye y refluye la marea).
Es extraño que la palabra romana para el deseo provenga exactamente de la misma fuente en la que dos mil años más tarde bebieron nuestras lenguas romances para formular la palabra desastre.
Lo desastroso nace con mala estrella.


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El deseo es el desastre.


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Derivar se aparta de la orilla. Desear se aparta del astro.


































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