lunes, 6 de febrero de 2017

fade out (otro viejo relato)

©  Laura Alonso











El libro comenzó a borrarse. Primero una página y luego otra. Cerrarlo fue como desparramar al océano. Islotes de texto desaparecido.
Miraba por el ventanal hacia la esquina. Algo o alguien movió ciertos números y un perro pasó dos veces por la vereda. Llevaba pelaje marrón pero regresó en gris. La mujer que barría las hojas al costado del cordón repetía la operación más de lo esperable. Cuando ya parecía que el cúmulo de hojas secas no estaba, pasaba barriendo la misma cantidad otra vez. Como si hubiesen caído exactamente las mismas, todas de golpe.
La sombrilla estaba abierta sobre la mesa. Eran las siete de la tarde de un día de abril. No había sol ni nadie ahí. No cubría nada pero parecía que cuidaba algo semejante a una ausencia. Pensé en los islotes hundidos y la sombrilla como al cielo que aún mira con nostalgia lo que ya está por completo bajo el agua.
Tuve el impulso, breve, de llegar a casa y abrir las canillas. Todas las canillas. Sentir el sonido de lo que se va. De lo que partió cuando yo también lo hice pero en direcciones distintas. Sé que nunca hubo nadie debajo de esa sombrilla como tampoco podían esas hojas secas ser siempre las mismas.
En medio de estas cuestiones, esperaba a un amigo y todo indicaba que llegaría tarde. No tenía como comunicarme con él. No guardé su nuevo  número en el celular. Las cosas de mayor utilidad, que deben ser registradas, nunca prenden demasiado en mí. Bien al contrario de los datos inútiles o erróneos.
Iba retrasado media hora pero no era de extrañar. En esta ciudad nadie cumple con la hora acordada. Es tácito y no se discute. Mi vana puntualidad me otorga ciertos ratos de soledad para observar lo que me rodea y extraviarme, como siempre, en rincones irremediables. Fue cuando me alcanzaron el café y reparé en cierto detalle: café con merengue y pororó en bandejita plateada. Es ridículo y de mal gusto y, entonces, dí cuenta de una tonta revelación: merengue y pororó, ¡quién puta trabaja en la cocina de este bar! Ni obligada vuelvo a probarlo. Que se los sirvan a los incautos. Ese alimento no es mío. Nunca lo fue. La primera vez fue un accidente y luego, ya se sabe: fichas de un dominó.
Recordé que pocos días antes, una mariposa negra, en pleno día, había entrado a casa. Que tuve que tomarla entre mis dedos para dejarla otra vez libre, y que éstos me habían quedado manchados con su polvillo. Como ese insecto desesperado por escapar así también era esta espera, en el mismo bar que cierta vez fue un bar sin seña particular alguna.
Me detuve en la música ambiente: “De aquel amor de música ligera, nada nos libra, nada más queda”. Mire usted, esa canción, ¡quién mierda pone la música en este bar!
Abrí otra vez el libro y, ¡otra página borrada! Como si nunca hubiese estado impresa. Nunca escrita. Margen que ya no era margen, había tomado toda la extensión del papel. Era raro, sí, pero no sentí miedo. Ya no le temo a nada. Como si una cámara desde arriba hubiera captado algo similar: un inmenso mar blanco subiendo por las dos calles, dispersando la sombrilla, la mesa, el merengue y el pororó. Todo intocado, desapareciendo. Quizás mi amigo lo supo, desde su ignorancia. Por ello se tardó más de la cuenta. Nada encontrará aquí cuando llegue. Ni el libro ni mi presencia.
Cierta gente habla de la luz que irradian las personas y pienso en el concepto de Idea. En realidad, es un lugar común. Una aparición del pensamiento que como viene se va. Ya me he acostumbrado a ese tipo de argumentos y no pongo demasiada atención en ellos. Si un texto puede desaparecer de una página con todo su cuerpo negro de tinta ¿por qué no tendría que pasarnos a nosotros? Como una acuarela que se ha excedido de agua.
Por un instante creí que mi amigo tampoco vendría porque sencillamente no había tal amigo. No existía. O sí, pero no sabía de mí. Aún no me había pensado. Nunca.
Mientras, pasaban los autos. Pude ver a través de ellos. A través de sus brillantes carrocerías. También por la fachada de enfrente, muy lento, observé lo que se ocultaba detrás.
Pero al fin llegó. Se sentó en mi mesa y miró. No a mí. Parecía no verme.
—¡Eduardo! . Nada. No me escuchaba. Levantó la mano y llamó al mozo. ¡¿Eduardo, me escuchás?! . Le estaba gritando. Sé que le estaba gritando. Nadie allí parecía darse cuenta. Entonces, apareció. Por detrás de su hombro (a través de él)  afuera, bajo la sombrilla: una niña. Su rostro me resultó familiar pero no alcancé a dar con su nombre ni el lugar donde la había visto antes. No tenía más de diez años. Llevaba el pelo por los hombros con cerquillo. Se paró y apoyó sus manos en el vidrio. Me miró y sonrió, apenas, alzando un brazo. Estaba saludándome. Después se dio la vuelta y partió calle abajo. Sé que para siempre.
Mientras esto ocurría, también debajo de la sombrilla, en esa mesa, alguien había colocado un tablero de ajedrez. Antes no estaba. Ni aquella vez ni ésta. En inverso al resto de lo que estaba sucediendo en derredor, los casilleros negros ganaban terreno sobre los blancos. Emergía, de aquellos cuadriláteros, como un petróleo. Una mezcla oscura y pesada. Pensé entonces en unos versos que nada tienen que ver con el asunto pero que igual vinieron a mí de súbito: "Leche negra del alba..."
Entonces comprendí: ese bar no existía. La esquina y la sombrilla tampoco. Lo que cubrió alguna vez fue algo que escribí y que escribí antes. Lo mismo que se fue borrando, página tras página.
Ahora intento golpear con fuerza sobre superficies que no devuelven sonido. Uno de aquellos seres, de una consistencia igual al mortero que aplican sobre la fisura, me ha susurrado al oído: aquí, donde todo comenzó, es a donde pertenecés; ya no te vas a escapar otra vez.
¿Y dónde escribo esto? No lo sé. Ya no me veo las manos. Menos sé si existe un lugar al cual asirme para apoyar la escritura. Del libro que verán flotando sólo hallarán un montón de folios. Vacíos, enteramente blancos, ahora se mecen en la informe marea opaca.



“…and fade out again and fade out again”










------
Este relato fue publicado en la Revista El Boulevard hace unos cuantos años.



























*













No hay comentarios.:

Publicar un comentario